Es de noche. Una noche oscura y
tormentosa. La lluvia arrecia fuertemente. Una chica camina de forma apresurada, sin
paraguas, protegida con un largo abrigo rojo. El agua ha empapado su melena pelirroja.
Está asustada. No hay nadie por la calle, sólo ella y su miedo. Recuerda lo que ha oído
sobre las otras chicas, jóvenes como ella, aparecieron muertas, con dos perforaciones en
el cuello, mutiladas, y con una expresión en sus caras de profundo terror. Los forenses
dictaminaron que fueron torturadas y mutiladas en vida.
Posteriormente se les causó la muerte con un objeto punzante en el cuello.
Pero la gente sabe la verdad, aunque nadie se atreve a decirlo por el pánico que les
produce el sólo hecho de oírse a si mismos. Ha sido el Vampiro, el Señor de la noche,
ella es su aliada, a él sirve. Es un ser inmortal, existe sin vida a través de los
tiempos, alimentándose de la sangre de los humanos, jugando con ellos, disfrutando con su
sufrimiento. Gobierna el mundo en las sombras.
La joven tiene la sensación de que alguien la observa. Su corazón palpita con fuerza, su
respiración se vuelve agitada, se muerde el labio haciéndolo sangrar, todo su cuerpo se
agita tembloroso. La sensación de sentirse observada se vuelve certeza para ella. Corre,
su corazón se ha desbocado por el pánico, parece querer salir a través de su pecho.
Apenas puede ya respirar, no por el esfuerzo físico, el miedo la ha hecho respirar tan
apresuradamente que le duelen los pulmones. Siente un sabor ácido en su boca, no sabe su
origen, no sabe que es el sabor del terror. Sus pupilas se dilatan, su cara se vuelve
blanca como la nieve. Corre, llora aterrada. En su carrera tropieza y cae. Su mandíbula
golpea brutalmente el suelo. Llorando levanta lentamente la cabeza.
Un rayo cae entonces iluminando en la oscuridad. Entonces lo ve, de pie a unos metros por
delante de ella, mirándola con una mezcla de majestuosidad y profundo desprecio. Su larga
capa negra ondea al viento huracanado. Sonríe con placer mirando a su futura víctima.
Lentamente se acerca a ella. Ésta chilla aterrada, clavando sus llorosos ojos en los del
monstruo. Agarra un crucifijo que porta al cuello en una cadena, lo dirige hacia delante.
Entonces se da cuenta de que no puede moverse, todos los músculos de su cuerpo están
rígidos como una sólida piedra. Es el poder del maligno, piensa. Ha oído que éste
paraliza a sus víctimas con su poder sobrenatural. Pero entonces se da cuenta, no es el
Vampiro quien la ha paralizado, es su propio miedo. Ese es el poder del monstruo, infundir
el terror en sus víctimas paralizándolas. El Señor de la noche esboza una sonrisa
sádica mientras se acerca a su víctima. La proximidad del crucifijo parece quemarle la
cara, pero disfruta en una especie de actitud masoquista.
La joven grita con todas sus fuerzas hasta perder la voz. Pero no es lo único que pierde.
También desaparece su conciencia de la realidad. Ya no ve al Vampiro, ni siquiera sabe
que está ahí. El terror inunda cada rincón de su mente. Esa es ahora toda su realidad,
el terror. El monstruo lo sabe, lo ha visto muchas veces. Contempla a su víctima
paralizada y enloquecida por el terror. El Vampiro ríe complacido. Su risa resuena
ensordecedora en las profundidades de la noche. La torturará largo rato, la mutilará, y
después la matará bebiéndose su sangre. Y gozará plenamente haciéndolo.