Sueño; acto de representarse en la
fantasía de uno, mientras duerme, sucesos y escenas. El viento azota con fuerza los
grandes ventanales de aquella habitación, cuyos aliados, el helado pedrisco y la
tormenta, arrancan un fuerte estruendo de lo que antes era un silencio inquietante. Pocos
segundos separan aquel manto de luz celestial de un estrepitoso rugido, el cual se asemeja
a una fiera en su estado más agresivo. Sin duda la tormenta consternaba a todo ser
viviente, con esperanza alguna de sortear el aguacero que por momentos se hacía cada vez
más intenso.
Las doce solemnes campanadas del viejo reloj acaban de anunciar la media noche. Entre
aquellos ventanales filtraba una tenue luz, la cual se hacía mucho más intensa cuando
los relámpagos renacían sin cesar entre la oscuridad de la noche. Uno de esos
ventanales, se componía de paneles que enmarcaban a su vez extrañas figuras pintadas en
vivos colores, y que proporcionaban al aposento singulares imágenes cuando los impactos
de luz hacían mella entre ellas. Situada a un extremo de la habitación, estaba la cama,
tallada en madera de roble. De la parte superior colgaban sedas y damascos. Penachos de
plumas, no faltos de polvo, podían apreciarse en cada rincón del aposento, emanando de
él una melodía sorda, de marcha fúnebre
Un silbido inquietante, arrancado del silencio, procedía de alguna grieta que por defecto
dejaba entrar un hilo de aire. Este no cesaba, y cuanto más fuerte silbaba, el viento
descargaba más violentamente su furia sobre el vidrio pulido.
En aquella vieja cama, yace un hermoso joven medio dormido, a la espera de conciliar el
sueño. Un brazo le cuelga de un lado de la cama y el otro está posado encima de su
cabeza. Mueve los labios ligeramente, adormecido, como quien recita sus plegarias a
Aquel que vino al mundo a sufrir por nosotros. Aun permanece en estado de
vigilia, inquieto a la vez
Un sentimiento de angustia invade su ser, siente miedo,
pánico, terror
Es una mezcla de sensaciones indecibles, él solo desea evadirse de
sus sentidos para no formar parte del rol que asume la penumbra, un papel aterrador.
Aún sigue diluviando. La furia de los elementos parece hallarse en su punto álgido. La
fuerte granizada golpea contra los cristales, sin piedad. La tormenta no cesa. Rayos y
centellas cabalgan en lo más alto del firmamento y el estruendo se hace cada vez más
amenazador. Es como si diesen la más calurosa bienvenida a Los Siete Jinetes del
Apocalipsis, quienes se desafían en duelo entre sí.
El muchacho que descansa en la antigua cama recobra la conciencia, abre sus ojos y un
estridente grito escapa de su garganta. Su alarido queda ahogado entre el ruido de la
tormenta, la trompeta celestial se sirve de una melodía desafinada, la cual retumba en
cada rincón del albergue.
El joven mantiene la mirada fija en el ventanal, quieto, paralizado por el miedo que
recorre lo más profundo de su ser. Consigue divisar un rayo que ha caído próximo al
lugar donde él habita, le vislumbra y cuando el trueno estalla él grita al unísono.
Desesperante voz manaba de él y un repetido y estrepitoso chillido volvió a emerger
del muchacho. Cada rincón de su aposento acogía el eco de sus gritos, alaridos que
bastaban para aterrar al corazón más valiente. No daba crédito a lo que sus ojos
apreciaban. Desde el despertar de aquel impacto de luz, una siniestra imagen quedó
impregnada en el ventanal, tras aquellas figuras talladas que no dejan ver con claridad
que se oculta tras ellas. El, vacilante, no arrancaba la mirada de aquella figura, aquella
sombra que destacaba entra la multitud, aquel ser que parecía haber nacido entre la
tormenta.
Estaba tiritando, intentaba gritar pero la angustia se ceñía en su garganta. Sus labios
solo le permitían susurrar palabras de auxilio y tormento, y sus ojos, petrificados en
aquel ventanal, se clavaron directamente en figura tan singular.
Un fuerte viento surgió repentinamente, el cual golpeaba de forma violenta los cristales
de aquella habitación. Su forcejeo no quedó en vano, pues la tempestad había conseguido
agrietar los cristales, y tras un par de bocanadas estos se hicieron añicos. Un vívido
flash acompañaba a la tempestad, aleatoriamente y el rugido celestial permanecía
constante en los oídos del acongojado muchacho. Este, cegado por los impactos de luz, no
podía retener por mucho más tiempo la mirada en aquella ventana, y envuelto en un abismo
de terror, apartó la mirada de aquél siniestro espectáculo. En su mente aun perduraba
el recuerdo de aquella imagen aterradora, quien sin rostro ni forma definidos había
logrado posarse ante el. Fuertemente cerró los ojos, giró su cabeza y arrancó en
llanto. El poder de sus articulaciones desaparece, atenazado por el terror, aunque puede
deslizarse por sí
mismo hacia el lado de la cama, retorciéndose. Abre los ojos y alza la mirada. Ahora los
relámpagos dejan caer su luz entre los restos de cristales que han quedado en el marco
del ventanal. Penetran en la habitación y reflejan en el rostro del atemorizado
ciervo, inofensivo ante tal situación. Gira la cabeza, entre los repetidos
estallidos observa un manantial de niebla negra, espesa sombra que destaca entre la
penumbra de la habitación. Esta avanza a medida de que los intensos golpes de luz y el
cantar del Apocalipsis cubren sin vacilar la noche, entremezclados con el poderoso
vendaval que azota en aquel lugar.
El muchacho contemplaba la aparición, encogido, estrechándose él mismo con sus propios
brazos. Su respiración era entrecortada y densa, su pecho se elevaba palpitante y sus
labios temblaban mientras su mente no reaccionaba a una señal de socorro. El ente
fantasmagórico avanzaba, cuyos movimientos parecían entrecortarse la causa de los
destellos de luz que le cubrían a intervalos. El muchacho pone en el suelo uno de sus
pequeños pies e inconscientemente arrastra la ropa con él. La puerta del aposento se
halla en aquella dirección.
La figura se detiene, apreciándose su rostro. Quien se asemeja a un noble cervatillo lo
mira fijamente, sin mediar palabra y falto de fuerzas para gritar. Sus ojos quedaron
petrificados en aquella mirada fría, desafiante, que procedía de aquel ser sobrenatural.
Sus ojos. Sólo podía contemplar su mirada. Ella bastaba para transmitir un sentimiento
de agonía, de vacío
Un silbante sonido sale del pecho de aquel ser, y avanza.
La figura se detiene de nuevo y, mitad en la cama, mitad fuera de ella, el muchacho sigue
temblando. Esta pausa debió de durar unos segundos, segundos que bastaron para que la
locura consumara su trabajo.
Con una súbita rapidez que no hubiera podido ser ni prevista y junto a un extraño
alarido, asió los largos cabellos del muchacho y los ató con ellos. Entonces él
chilló, la agonía le había concedido la facultad de gritar de nuevo. A un grito le
sucedió otro, y otro. Las ropas de la cama cayeron y él fue arrastrado. Aquel angélico
cuerpo con demoníaca satisfacción, arrastró la cabeza del joven hasta el borde de la
cama y hundiendo sus afilados dientes en el esbelto cuello del muchacho, le chupó su
sangre. El muchacho quedó desfallecido en la cama. Un hilo de sangre manaba de las llagas
provocadas por el mordisco. Aquel ente no solo se adueñó de su sangre, sino también se
su
alma.
Las seis solemnes campanadas del viejo reloj acababan de anunciar el amanecer. La terrible
tormenta que acechaba aquella misma madrugada, apaciguó.
El cielo estaba cubierto de espesas nubes, las cuales no permitían filtrar un rayo de
sol. El hedor a humedad imponía el ambiente. El muchacho abrió los ojos. Sólo ha
sido un mal sueño, pensó. Estiro sus brazos, sus piernas y al mismo tiempo su boca se
abrió esbozando un bostezo. Se levantó perturbado aun por aquel mal sueño y
tras incorporarse, se dirigió hacia la puerta, titubeando, con la intención de llegar
hasta el lavabo. Giró la cabeza y con la mirada perdida, rememoró aquella espeluznante
escena.
Al fin llegó a su destino. Abrió el grifo y dispersó por su cara el agua que manaba
de él. Con los ojos empapados, cogió un paño y se lo restregó por la cara. Tras
secarse,
suspiró. Estaba libre de aquella condena, de aquel sufrimiento
Abrió los ojos,
miró al espejo pero su imagen se había perdido entre la nada.
-No... no es posible, pensó.
Temblaba... Cierto instinto asesino se apoderó de él, ansiaba algo... tenia sed. Cerró
sus puños y golpeo fuertemente el cristal hasta quebrarlo. La locura le consumaba poco a
poco... Gritaba desesperado. Cogió un pedazo y lo estranguló en su mano. Brotaba sangre,
mucha, pero no era suficiente para calmar su instinto. Su actitud era fría, ese olor...
era su panacea.
Alzó su brazo, no podía pensar... Su pecho... de ahí manaba su fuente de vida. Cerró
los ojos y con una leve sonrisa se clavó el cristal, como si de un puñal se tratase. No
sentía dolor, ni angustia... Ni siquiera miedo ni rencor. Su apetito estaba por encima de
cualquier sufrimiento. Sus manos, en forma de cuenco, recogían la sangre que manaba
abundante, la maldijo y ansiosamente se la bebió. Un siervo de la oscuridad había
nacido.
- He de regocijarme entre alguna sombra, pensó, pues la luz del dia será fatídica para
mi existencia...