No puedo decir que con el tiempo me he
acostumbrado a ésta penumbra malsana, ya que es lo único que mis ojos han contemplado,
no hay un referente sensorial para la comparación. La umbrosa atmósfera de abismos
inescrutables, el perpetuo haz enfermizo de luz dando eje al rotar de los muros -cilindro
girando frenético y manteniéndome aislado del mundo- Outsider condenado a regurgitar el
deplorable banquete de la soledad, tomando copas llenas de ese monocromático "ruido
de fondo".
Muchas veces soñé adquirir la facultad de los espectros que poblaban mis lecturas de
distensión, deslizarme a través de los espacios intermoleculares, apartar a voluntad las
partículas subatómicas que me detuviesen y dejar atrás mi sombra y los pavorosos
recuerdos tras las paredes de mi resignada prisión. Contemplar aunque sea una vez lo que
hay más allá -última voluntad de agonizante-, correr desenfadado los lánguidos
pliegues del cortinaje de la realidad, una realidad que se me muestra sólo a través de
las frías páginas de los libros.
Pero no, no hay escape a este cadalso, torre negra al oriente de ningún lugar. No tendré
la esperanza de Segismundo en el encierro, ni estiraré los brazos al despertar del
sueño. Torturado rey Lear, iluminado Schopenhauer, opiómano Baudelaire.
¿Qué desquiciada mente tramó el castigo, qué cerebro retorcido maquinó mi agonía?
¿Cómo el genio puede desplomarse a tales profundidades de alineación, o la mano
creadora oprimir insensible el barro primordial, desquebrajando su obra? No lo comprendo y
sé -que por más que pasen los años- no lo llegaré a comprender. Si por lo menos,
alguna vez me hubiese calentado el rostro con los tímidos resplandores de la aurora, si
tan sólo una vez hubiese tiritado mi cuerpo en el fresco aliento de la medianoche.
Ellos, sólo alimentaron con gusto morboso, mis dos apetitos insaciables: el fin del ruido
ensordecedor y la plenitud del conocimiento. Mis venas fueron las anchas calzadas para la
morfina desde que tengo memoria. Mi primer recuerdo se remonta a ese tubo de ensayo,
mirando con curiosidad aquellos lentes cóncavos, monóculos iridiscentes iluminados desde
atrás, las frías tenazas escrutadoras, los cuentagotas de agonía, destilando las
simientes de vida lentamente, sobre la superficie porosa del germen que no alcanzaría la
salvación.
Por escasas siete lunas pude ver algo más que estas frías paredes. Me hallé en una
gruta, húmeda y tibia. Con sus pulsaciones lentas, acompasadas, maternales, mantenía el
"ruido" lejos de mí. Después de todo, creo que aquel letargo dio a mi
existencia la serenidad que perdí cuando dejé sus coloidales encantos. Allí comenzó el
dolor, desde ese momento empecé a escuchar el "ruido"... ¡Maldita vibración!
¡Es posible que todo ser humano sea perturbado de esta manera!
En los millares de libros que he devorado, nunca hallé la más mínima referencia al
"ruido". ¿Por qué debo ser yo el único infausto ser viviente que sea
condenado a sentir ese "ruido de fondo"? Que ni siquiera viene del otro lado de
los muros. ¡Está en el aire mismo que respiro, en el compás tumefacto de mi corazón,
en el maldito zumbido de las moscas. Se filtra por los ángulos convexos
interdimensionales! La pulsación malsana de un cosmos agonizante, rumor de miríadas de
plañideras ancestrales y titánicas, agazapadas en la vertiginosa curvatura del espacio.
Y también está la sensación centrífuga -vértigo imperecedero a flor de piel- como si
mi prisión se hallase en el único punto inmóvil del globo terrestre y del universo
entero. Las masas intranquilas de roca y océano, cristal y vegetación, caldo de cultivo
de la vida e informes restos burbujeantes en degeneración. Estrellas y simientes se
entregan a un orbital movimiento en torno al haz de luz enfermiza que tengo ante mis ojos.
Puedo sentir en mi cabeza y en el estertor de mis sienes las caprichosas formaciones de
nimbos, cúmulos y estratos, hacerse y deshacerse, entregarse a cópulas cataclísmicas en
el luminoso éter. Pero siempre girando en torno al haz de luz enfermiza, cabalgando con
galopes de rayos en tormentas sobre las masas continentales, milímetro a milímetro, año
tras año, alzando o hundiendo sus cumbres, haciendo yermos los valles o estallando en
orgías verdes las selvas de niebla, atizando sus entrañas de magma en el movimiento
constante. La danza a la deriva al son del "ruido de fondo" y la órbita
invariable alrededor del haz enfermizo de luz.
Con sus legiones de almas envueltas en carne y sangre, nervios, huesos y purulenta
secreción -cortejo fúnebre de la anunciación, resignada procesión al lecho de tierra
muerta-, girando, siempre girando en torno a la columna de mortecina luz. Y más allá de
los continentes vaporosos en delirios de ciclones y huracanes, donde los picos escabrosos
temen asomarse por encima de las llanuras de tormentas, los lazos electromagnéticos
giran. Como giran las múltiples esferas, como se entregan a órbitas perpetuas las
nebulosas espirales y los cúmulos de estrellas, los quasares y agujeros negros, los
vagabundos congelados y los luminosos vientos de plasma. Un universo preso de giros,
compulsivo derviche cósmico buscando la evasión del continuo espacio-tiempo sin
lograrlo, presa de esta dimensión.
El "ruido" continúa, no mengua la pulsación basculante, atenaza cada músculo,
cada quiebre de la respiración, cada página entre mis dedos abriendo la vastedad del
mundo, sólo imaginable por oposición. Los ecos en lo que debe ser un largo pasadizo se
acercan, resuenan en síncope con el "ruido". La marcha de los verdugos, el
síndrome de La Bastilla. Allí está otra vez la grieta negra, la fragua que vomita mi
alimento diario.
Las voces silenciadas de mis creadores son como monstruosas oraciones, letanías de
trueno. Pude oír claramente uno de sus diálogos y me revelaron el secreto, el misterio
del origen. ¡Por Dios! Todo era cierto, no era un pliegue de locura alentada por el
"ruido de fondo". Diez años encerrado, diez malditos años.
Un experimento fallido. Sólo Dios sabe cuántos como yo habrían hallado su fin en estas
mazmorras. Sólo Él, insensible ante el desquiciado orgullo humano buscando controlar la
creación, puede conceder horas a las horas, almas a las células que se unen por la
voluntad de unos locos que intentan procrear al hombre perfecto. Diez años, sólo un
niño, la potencialidad última de la mente en el cuerpo de un niño, atormentado por el
ruido del universo en movimiento. Los cables registrando cada uno de mis impulsos
nerviosos, escaneando cada variación neuronal, esperando descubrir qué se esconde en el
salto de instante a instante, cuando pareciera que pierdo la noción del todo a cada
milésima de segundo que transcurre y sin embargo, conservo sobre una pantalla invariable
todas las experiencias. Inmóviles, sin poder hacer más que contemplarlas, al borde de la
locura.
¡No! Ya no les daré material para su morbosa ciencia. Daré fin al engendro que crearon.
Ahora sé la verdad. Buscaré la forma de aniquilarme. Es demasiado... dicen que soy el
que ha soportado más. Los otros no pasaron de los seis años, no soportaron el
"ruido" y el giro vertiginoso. Por eso anularon mi voz, para no oír mis gritos
desgarrados.
El "ruido", maldición, el maldito "ruido".
Las nubes estallan en tormentas. El rumor del Armagedón, se acerca una lluvia de
meteoros, dentro de tres días caerá sobre Alaska...
Estrellas colapsan en el extremo de la espiral de Andrómeda. Las ballenas jorobadas
inician su canto nupcial...
El soplo de vida escapa a una masa bermellón y burbujeante en una fría caverna de
Plutón. Otro engendro es fecundado veinte metros más allá del muro...
Nace un continente con furia en un joven planeta girando en torno de Aldebarán. Un árbol
milenario es cortado en un bosque boreal...
El "ruido", el haz de luz enfermizo. El "ruido", pulsando,
invariable... ¡La inmensa bestia del cosmos tiene que contener la respiración alguna
vez!