Estábamos reunidos varios amigos en casa,
charlando. Alguien propuso contar historias truculentas con la condición de que fueran
verídicas. En un clima distendido pero expectante, comenzó Robert -un anciano ex piloto
de la Segunda Guerra-.
Un piloto del escuadrón se estaba comunicando por radio. De pronto hubo un gran
estruendo. El avión había sido alcanzado por la metralla. Entonces, la radio nos trajo
un largo grito, agudo, angustiado, con un gorjeo como de bebé asustado, hasta el golpe
final. Y luego, el silencio.
Esa noche, nadie pudo dormir. Cada uno de nosotros recreó la escena una y mil
veces. Era la escena tan temida, aquella que nos incomodaba en noches de vela. Pero ahora
no sólo la imaginábamos visualmente, ahora sabíamos cómo era el sonido de la muerte en
batalla. Muchos, lloraron su angustia esa noche. Yo entre ellos."
Pobre Robert, se lo veía aun conmovido, reviviendo su angustia de 60 años atrás. Me
tocaba el turno a mí, ya que se había establecido un riguroso orden de narración. Me
habían venido a la cabeza algunas historias, pero ninguna tan perfecta y redonda como la
que acabábamos de escuchar. Así que me vi obligado a armar una espeluznante narración
en pocos minutos, juntando un pedazo de aquí y otro de allá, piezas sueltas de leyendas
urbanas, experiencias personales, argumentos de cuentos y películas, pesadillas propias y
ajenas. Y con todo ello construí lo que sigue.
Una pareja de gente bien, residente en Barrio Norte, estaba empeñada
en tener un hijo. Todos los intentos habían fracasado y la pareja se consumía en el
deseo insatisfecho. La propia relación se deterioraba, con mudos reproches, con las
culpas de la mujer originadas en la irreversible sequedad de su matriz. Sonreían, a
veces, pero sin el brillo de tiempo atrás. Se amaban, pero en silencio y sabiendo que de
ese fuego no surgiría nada nuevo, una vida palpitante, un ser necesitado de todo el amor
de padres.
Trabajaba para ellos una chica, discreta, sin familia en la ciudad y con un novio
tímido con el cual se veía los jueves y los domingos. La chica estaba muy ligada a un
grupo religioso cuyos orígenes se perdían en alguna zona de Brasil. Era inevitable que
palpara el drama que latía en la vivienda de Avenida Alcorta. Y quiso ayudar. Le haría
un trabajo a la patrona para que pudiera ser madre al fin. Solo necesitaba una
cosa de la mujer: sangre menstrual. Y del marido, una pocas gotas de semen. Lo primero era
fácil de conseguir: algún rastro en las sábanas. Esperó unos días y al fin, antes de
lavarlas, encontró lo que buscaba, raspó con un cuchillo y obtuvo un polvillo rojo que
guardó en un frasco. Claro, lo otro era más complicado. Revisó los calzoncillos del
patrón, pero en vano: él mismo, todas las noches por pudor o temor los
lavaba.
Pero estaba decidida a ayudar a esa buena gente. Mientras invadía así la intimidad de
sus jefes, sintió el leve latigazo del deseo, bajo su propia ropa interior. Era muy
extraño hurgar en territorio vedado, le daba una extraña sensación de poder esa
incursión prohibida. Eso, al menos, es lo que ella confesó al ser encarcelada por el
crimen.
Se las arregló, entonces para consumar su deseo. Una tarde, con la señora ausente,
supo seducir al hombre en la cama matrimonial. Guardó el semen como un tesoro y pudo así
completar el trabajo.
Meses después, la casa se llenó de llantos de bebé, biberones y pañales para lavar. La
felicidad había descendido sobre la pareja.
El hombre decidió cortar esa doble relación ilícita, impura ahora que la
vida nueva llenaba de gozo el hogar.
Fue una locura momentánea le dijo. Perdóname, pero vas a tener que
irte de esta casa.
Pero , Alberto, deme algún tiempo, unos meses, para buscar otro trabajo...
No, lo siento, prefiero que te vayas cuanto antes, una semana a más tardar. Yo
hablaré con Susana y le explicaré las razones. Muchas veces las personas de servicio se
ponen muy mal, muy celosas cuando llega un bebé a una casa...
Pasó una semana. Al fin, les anunció que había conseguido trabajo en una casa, pero
recién en unos días podría irse.
Bueno, pero como despedida les voy a cocinar algo de mi especialidad, al horno, una
rica sorpresa.
Cumplió su promesa. En la primera salida que la pareja hizo a solas, dejándole el bebé
a su cargo, la cumplió.
Hubo un silencio. El viejo aviador tragó ostensiblemente saliva, moviendo la nuez que
sobresalía de su flaco cuello.
No me digas que...
Sí.
¿Fue verdad?
Me la contó nuestra cocinera cuando yo era un chico, a mediados de los años 50;
era una historia que iba de casa en casa. Siempre la narraba la gente se servicio.
Bueno, ¿ahora quién sigue? preguntó alguien. Le tocaba a mi amigo Pedro,
pero nadie parecía muy ansioso por narrar ni por escuchar.
¿Es necesario seguir con esto?
¿Qué pasa, los asusta el sonido de las palabras? Al menos es más divertido que
seguir hablando de fútbol.
Bueno, la cosa fue así se animó al fin Pedro. Era plena época de la
plata dulce, a comienzo de los 80. Los argentinos, al menos los de clase
media, se sentían ricos -eran ricos en dólares- y salían al mundo a comprar todo:
deme dos era la consigna. Tours de compras a Brasil, a Chile o a ultramar:
Miami, Canarias. Compraban , compulsivos, y luego, en el hotel, el juego era convencer al
otro de que yo compré más barato que vos, soy un vivo... Mientras
jugueteaban, el país se endeudaba, entraba en la ruina. El fenómeno, lo sabemos, se
reprodujo tal cual diez años después, en el menemato. Nunca aprendemos, ¿no?.
Bueno, ese no es el tema. El tema es que una pareja con sus dos hijos, dos rubitos
llamativamente hermosos, bronceaditos, de dos y cuatro años, fueron a pasar su semana de
compras y playa a Camboriú, en el sur de Brasil.
Febrero de 1981. Tudo bein. Praia, suco de laranja, milho, camarao e tudas as
maravilhas que voce conhoce, nao? El mar invitaba, pero había que turnarse, para cuidar a
Ramón, el más chiquito. No sea cosa que se escabullera por ahí. Había increíble
cantidad de gente, ese domingo de calor. El papá estaba en el agua con Matu, el de cuatro
años, que ya sabía como pelear con las olitas que llegaban a la orilla.
La madre entrevió todo desde la playa, entre decenas de personas que pasaban por la
orilla. El atontado de su marido miraba mar adentro, cuando una mujer, morena, grandota,
vestida con largas faldas blancas tomó de la mano a Matu, invitándolo a pasear. Ella
gritó pero Jorge seguía en la Luna de Valencia, sin mirar la escena.
¡Seora gritó angustiada en portuñol, a una vecina de sombrillame
cuida por favor a meu filho, que están robándose a mi hijo mayor en la orilla! ¡Por
Dios!
Y salió corriendo, pero las bandas actúan rápido: ya la señora de blanco no tenía a
nadie de la mano, volvía inocente a sentarse en la arena y a contemplar el mar, y a sus
próximas víctimas. Cuando llegó a la orilla la madre desesperada no perdió tiempo con
la vieja: llamó a su marido y ambos recorrieron de norte a sur la playa buscando al
chico. Cuando se dieron por vencidos volvieron a su balneario. Ahí ya no había nada. Ni
su sombrilla, ni sus bolsos, ni su bebé de dos años. Nada.
Aún se recuerda el aullido de la madre y la muda mirada del padre. Todos los años
regresan, a buscar pistas de sus dos hijos. Yo creo que vuelven sólo para poder oler el
aire y tocar la arena que los chicos vieron y tocaron antes de desaparecer para
siempre.
Guau, bueno Pedro, cortemos acá. Me parece que por hoy es suficientedije.
Todos estuvieron de acuerdo y la reunión continuó, como si nada. O no.
Primero fue una discusión política, a raíz del comentario de Pedro sobre la costumbre
argentina de repetir el fracaso. Después una oda a Brasil a cargo de Ricardo, contestada
de malos modos por Raúl y más tarde una clarísima puteada de Pedro a Demián. Nunca vi
a alguien enrojecer tanto, así de golpe. Se incorporó lentamente, la cara roja, las
arterias casi estallando.
Che, Demián, cortala viejo, qué te pasa. No fue para tanto intenté
apaciguarlo.
Pero no hacía caso. Nunca vi a nadie reventar de ese modo. Vomitó la cerveza y los
maníes, ensució la mesa y cayó como fulminado.
Llamamos al SAME y la ambulancia llegó media hora más tarde. En la espera llamamos a
Inés, su mujer, que llegó al rato. Nos puso al tanto: Demián tenía problemas
cardíacos. Llegó la ambulancia y se lo llevaron.
Ahí terminó la reunión de amigos, traspasada por el miedo, como si tanto horror
relatado se hubiera derramado a la vida real, contaminándonos un poco a todos.
Desde esa vez, no nos volvimos a ver. Demián sobrevivió, por suerte.