Despertó de un sobresalto y de un fuerte
golpe apago el despertador, hacía días que la familia de Alberto se había marchado a la
ciudad de Salta, el entonces solo le habría propuesto a Elisa quedarse unos días mas
-solo por asuntos de negocios-pensó.
Tiempo atrás el había discutido fuertemente con su suegro y no tenia ganas de
cruzárselo en ninguna situación, por aquello decidió tomarse unos días, pero la
tranquilidad no duraría para siempre, hoy ya era 23 de diciembre y tenia que marchar.
Maldita navidad-pensó-una estupida excusa para encadenarme a mis suegros-
Los suegros de Alberto vivían en Salta, en un pequeño pueblito llamado Animaná, y desde
hace un par de años su mujer y su hijita habían tomado la costumbre de pasar allí las
fiestas, pues este año no era diferente y como siempre Alberto tendría que ir asta allí
con su auto y su sonrisa de aquí no pasa nada.
Hecho una mirada a su reloj y se levantó titubeando, casi como borracho, se dirigió al
baño y empezó a lavarse la cara -hoy no es mi día-pensó, y ciertamente no estaba
equivocado ya que hoy debería realizar un viaje de aproximadamente 6 horas.
Decidió partir a la tarde, a la mañana arreglaría unos asuntos en el trabajo, además
lo relajaba viajar cuando el sol estaba bajando.
Alberto trabajaba en un diario local de la ciudad de Tilcara (Jujuy) y ya relativamente se
había ausentado en su trabajo por lo que tendría que convencer a su jefe de unas
vacaciones adelantadas.
Esto no fue problema y a eso de las 6 de la tarde emprendió su viaje.
Para poder llegar a Salta tendría que viajar mucho por eso ya había estado pensando en
parar por ahí a tomar algo de ves en cuando.
El primer lugar donde paro fue en una cantina de Payogastilla (Salta), el lugar no era
demasiado malo pero no le agradaba para nada la actitud de las personas en esa cantina.
Se sentó y al instante apareció algo que parecía ser una cantinera
-¿que se va a servir?
-solo café-respondió casi disculpándose de sus pensamientos.
-en seguida-dijo la voz ronca de la cantinera.
Paso un instante y el todavía se encontraba observando la gente que estaba allí: en una
esquina se encontraba una señora con aspecto de mendiga, al costado de la rocola que
estaba frente a la ventana se encontraban un grupo de jóvenes -campesinos-pensó
avergonzado.
Se levanto y busco una moneda en su bolsillo, esta vez quería algo de música mas
tranquila.
Al cambiar la música que estaba sonando sintió fuertemente la mirada de los presentes
pero ignorándolos se volvió a sentar.
Pasado un rato pudo ver que la anciana que estaba en la esquina le hacia señas, casi como
llamándolo, y entonces se acerco.
-¿Qué desea?- pregunto dudoso
-cuando se retire
y valla por el camino no voltee por nada
-¡¿Qué?!... ¿como que no voltee?, no la entiendo.
-Si, si voltea nunca se deshará de el
-¿de quien?
En ese instante los interrumpió la cantinera y le explico que esa señora era su abuela y
que desde ya varios años no tenía razón.
-Esta loca-dijo sonriendo.
-Y siempre ve cosas que no hay.
-Si la entiendo, una vez tuve una tía así.
Alejandro pago la cuenta y se retiro. Durante el camino pensó una y otra vez en lo que
dijo aquella señora. - ¿Qué habrá querido decirme?... espera, solo te estas
preocupando por algo que te dijo una loca, no es mas que eso-.
La noche estaba pura, se podía oír hasta el mínimo movimiento en los alrededores.
De repente Alejandro comenzó a escuchar sonidos, ¿Qué era? ¿Una fiesta? ¿En el medio
de la nada?, no, se tenia que sacar esas ideas locas de la cabeza. De golpe sintió que su
pie apretaba cada ves mas fuerte el acelerador, tenia miedo y esta vez era enserio.
Siguió a toda velocidad y de pronto observo por el retrovisor a una persona parada justo
detrás del auto. Intento ir más rápido pero era imposible
la persona o lo que
fuere seguía allí. Calmándose cerró los ojos para aclarar su mente y en un instante se
le vinieron a la cabeza imágenes de la conversación con aquella anciana. -No voltee por
nada- recordó, y entonces eso hizo.
Las piernas le temblaron y su corazón latía con más fuerza, esta vez tenia que escapar.
Prosiguió unos cuantos metros y la imagen se desvaneció en lo oscuro de la noche.
Llego a Animaná y todo lo que sucedió no le pareció más que un absurdo sueño.
Tenia que estar con la cabeza bien clara, ya que a partir de esos días tendría que
soportar a sus suegros. Los mismos lo recibieron amablemente y enseguida lo condujeron
hacia su habitación, el viaje había sido extenso y el estaba cansado.
Cuando al fin reposo su cabeza sobre la almohada no logro encontrar el sueño, se
encontraba tensamente anonadado con la visión de aquella noche.
De repente oyó voces, como de una niña, la vos se parecía mas bien a un balbuceo y no
se entendía claramente, entonces Alberto se sacudió en la cama y se paro titubeando, se
aproximo a un guardarropa de aspecto antiguo y temblando se decidió a abrirlo de una vez.
Al abrirlo solo encontró una caja pequeña, de te, estaba algo oxidada pero en buenas
condiciones. Intento abrirla pero la misma estaba cerrada, entonces la ubico en su lugar y
decidió volver a la cama.
A día siguiente se levantó entre las sabanas húmedas del sudor dispersado por el
horror.
Se coloco las pantuflas, y se encamino hacia el baño. Al llegar abrió la puerta
cuidadosamente (pues era demasiado temprano y todos aún dormían), no supo bien por que
lo hizo pero antes de entrar asomo la cabeza, ya estando ahí se decidió a relajarse pero
de un instante al otro escucho voces, voces en su cabeza las mismas le decían:
cuando se retire
y valla por el camino no voltee por nada, otra ves esa
vieja revoloteaba por su cabeza, pero esta vez la vos era cada vez mas aguda y ni siquiera
podía sentir el ruido del agua en sus manos.
-¡basta!- grito exasperado.- ¡¿Qué quieres?! Deja de seguirme.
-yo no te he hecho nada- y comenzó a llorar. Esta vez se sentía totalmente amenazado, y
siquiera sabia por que.
Trato de recuperarse y se lavó abundantemente la cara, tenia que pensar pero no sabía en
que. Entonces sintió que lo empujaban, y cuando quiso acordar ya estaba en el suelo.
Cayó con las manos extendidas bajo el placard y su cabeza golpeo contra el mismo, en ese
instante una llave (como la de un diario íntimo) rodó por el suelo. La llave tenía
aspecto antiguo, pero no lujoso, más bien parecía como de una cajita de té.
-de aquella cajita, si, de esa tiene que ser-. Se dirigió al cuarto a toda prisa, no
podía esperar a saber que secreto ocultaba aquella caja.
Dio un azote a la puerta y casi se tiro al piso, tomo aquella cajita y probó la llave.
Si, la llave pertenecía a esa caja y ahora el vería lo que tanto lo había desvelado.
Se sorprendió al ver solo algunas fotos, estas tenían imágenes de una niñita de
aproximadamente nueve años junto a lo que paresia ser su padre.
Volvió a guardar las fotos y se tiro nuevamente en la cama.
Pasaron unas horas y ya todos habían despertado. Alberto entonces decidió ir donde se
hallaba su suegra cociendo a preguntar de que fotos se trataba.
Al presentarle las fotos, Alberto pudo observar el rostro anonadado de Elvira, entonces
insistente el pregunto:
-¿Quiénes son los de la foto?-Elvira trago saliva y contesto.
-ves la nenita, (Alberto asintió) ella es Maira, hija de uno de los peones que ayudaba a
mi esposo.
-¿ayudaba?-interrumpió Alberto
-si, Maira y José, ese que ves en la foto, Tuvieron un terrible accidente hace tres
años.
Algunos dicen que José estaba totalmente alcoholizado aquel día, pero yo lo conocí en
persona y no creo que haya sido así.
-¿Qué clase de accidente dices que tuvieron?
-Automovilístico, murieron a pocos kilómetros de Payogastilla. La gente dice que el
espíritu de José ronda donde fue el choque, pero yo no creo nada que dicen los
forasteros de aquí.
-no, yo tampoco creo nada de eso.
-Alejandro
¿y por que preguntabas todo aquello?
-por curiosidad, por nada mas que por curiosidad.
-Ten cuidado con lo que te dice la gente de aquí, andan muchos locos sueltos diciendo
paparruchadas.
-si señora, muchas gracias.
Alberto cerró la caja y se encamino a dejarla en su lugar, en el camino pensó una y otra
vez en la historia -creo que estoy volviéndome loco--se dijo, y siguió caminando.
Nada de aquello podría estar pasando solo tenia que ser su imaginación.
Y si solo había visto a una persona pidiendo aventón, no podía pensar en la idea de
fantasmas y menos ahora que estaba en casa de sus suegros.
Los días de fiestas pasaron volando y ya tocaba la hora de regresar.
Alberto por su parte volvería en auto y su familia en colectivo.
Ellos ya habían comprado pasaje de vuelta y no se permitirían tirar ni un solo centavo.
El arranco a eso de las ocho de la noche, el sol ya había caído y se encontraba todo
bastante oscuro.
Decidió tomar el mismo camino, aunque este le causara pánico, ya que era el más corto y
efectivo.
Pasaron algunos kilómetros y ya se estaba acercando al lugar en donde había visto a
aquel hombre. Empezó a estremecerse, no podía tener miedo de algo que no existía y
menos dejarse vencer por el terror.
No alcanzaron a pasar minutos que observo el retrovisor. Si, como lo había imaginado,
allí estaba
esa persona. Acelero con todas sus fuerzas pero la imagen no se
desvanecía como la vez anterior.
Con los ojos clavados en el retrovisor siguió acelerando y esta vez pudo observar que el
hombre que estaba parado detrás de el, ahora abrasaba una niña.
Si, la niña de la foto, esa que lo había llevado hacia el guardarropa, esa era.
Sin despegar los ojos del retrovisor continuo acelerando, en ese momento miles de
imágenes volvían a su cabeza, desde el comienzo del viaje hacia salta, hasta su
hospedaje en casa de sus suegros, hasta aquella visión que creyó como falsa.
De repente miro hacia delante pero era tarde, se estaba por estrellar y nada podría
evitarlo, respiro con todas sus fuerzas y espero el impacto.
Se despertó en una camilla que estaba siendo subida a una ambulancia y pudo ver que se
encontraba frente a la cantina de Payogastilla.
Hecho una mirada rápida y vio a aquella señora (la de aspecto de mendiga).
Tras ella sen encontraban dos imágenes borrosas, pues si eran las de Maira y José que lo
miraban con una sonrisa diabólica.
Siguió merodeando con la vista y de repente apareció Elisa y Julieta (su hija), el con
la fuerza que pudo intento abrasarlas, pero un paramédico los interrumpió y les dijo que
era hora de partir.
Junto a el subió su esposa, Julieta se quedaría con sus abuelos.
Y antes que las puertas de la ambulancia se cerrara la señora que estaba parada junto
delante de los espectros gritó:
-¡Le dije, cuando valla por el camino no voltee por nada!
Alberto cerró los ojos, dejo rodar unas lagrimas y nunca más volvió a despertar.