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MIEDO AJENO


Acabo de despertar con una argolla aprisionando mi muñeca izquierda, en una habitación desconocida, vacía. Frente a mi hay una ventana, a mi derecha una puerta. No sé como he llegado hasta aquí. Sin tiempo para reflexionar, un chillido atraviesa mis oídos. Viene desde fuera. Me levanto del suelo y corro hacia la puerta. Una persona no para de gritar desesperadamente al otro lado. A un metro de la puerta noto como mi brazo izquierdo se tensa con violencia y soy devuelto al suelo por el efecto de la cadena que me mantiene preso en aquella habitación. Los gritos continúan al otro lado de la pared, la puerta parece vibrar con cada uno de esos desgarradores berridos. Entonces tirado en el suelo, noto las crecientes vibraciones que se acercan. Sin duda son pasos, tranquilos y sosegados. Alguien se acerca con sonoras pisadas hacia los gritos. La intensidad de los gritos aumenta por segundos, me taladran la cabeza, me nublan el sentido. Me esfuerzo en percibirlo todo y los pasos son cada vez más próximos. Noto como las pisadas cruzan frente a la puerta y continúan hacia el foco de los gritos. “¿Qué esta pasando?”. Los gritos se mezclan ahora con el ruido incesante de unas cadenas que repetidamente cortan el aire con un chasquido metálico. Alguien esta pegando tirones de esas cadenas, sin duda. Ya no siento las pisadas pero los gritos siguen envenenando mi conciencia. Un grito aun más fuerte que el resto acompaña el sonido de las cadenas al golpear el suelo. Durante un segundo cesan los gritos, la calma reina, mi mente empieza a aclararse.

“¿Dónde estoy?, ¿Por qué estoy aquí?, ¿Cómo voy a salir?”. Las preguntas se desvanecen, han vuelto los gritos. Se aproximan a la puerta, cada vez los oigo mas cerca, mis oídos no lo soportan, tengo que taparlos. Pero antes de que mis manos lleguen a estos, percibo otro sonido. Cadenas arrastrándose, junto a los chillidos un pequeño rumor de cadenas arrastrándose por el suelo. Cuando la mezcla de sonidos que está taladrándome pasa junto a la puerta percibo que van acompañados por las pisadas de antes. Ahora lo reconozco, es una voz de chica. Es una mujer quien grita. Su garganta no durará mucho más si sigue dando esas voces. Permanezco inmóvil en el suelo, no he podido moverme en todo el tiempo, ni siquiera lo había intentado desde que caí. Se alejan, los alaridos y el resto de sonidos disminuyen a medida que se alejan de mi habitación. Los noto bajar, entonces soy consciente: estoy en una segunda planta. Miro la ventana, me levanto y dirijo hacia ella. No puedo acercarme a más de un metro y medio. “Maldita cadena”. Y tiro con fuerza, sintiendo como la argolla muerde mi muñeca como un perro salvaje. Ceso mis esfuerzos. Apenas oigo las voces. A través de la ventana alcanzo a ver un campo de tierra a los pies del lugar donde me encuentro, ocupado solo por un poste de cemento, de un metro de altura, con una argolla metálica en su parte superior. “Otro enganche para estas cadenas”. Entonces los veo aparecer. Se acercan al poste, una figura corpulenta con una chica en brazos. Veo como ella grita, pero a mí apenas me llega el desgarrador sonido que antes había torturado mis oídos. La criatura engancha las cadenas que cuelgan de las muñecas de la joven. Desde mi ventana puedo ver la cara descompuesta por los gritos y el terror atravesando cada poro de su piel. Sus ojos parecen a punto de explotar, su cuerpo tiembla y se retuerce. Entonces, mi respiración se detiene, mi cuerpo parece a punto de desfallecer: “Es mi hermana”.

Petrificado contemplo como la criatura se aleja, sin embargo, mi hermana grita con más fuerza, puedo percibir la tensión de cada músculo. Las venas de su cuello quieren abandonar su cuerpo. Ella tira de las cadenas una y otra vez. De sus muñecas nacen cascadas sangrientas que empiezan a colorear la tierra a su alrededor. Ella mira hacia el edifico donde yo estoy, hacia donde se ha dirigido la criatura tras dejarla allí, y sus gritos siguen aumentando, algo hace que su miedo se intensifique por segundos. Intenta huir pero las cadenas la reclaman una y otra vez. Llora desconsolada, sus gritos se han convertido en gemidos de suplica, puedo verlo en su expresión. Pero no puedo acercarme a la maldita ventana, no puedo hacerle ver que estoy aquí, ni ver qué se esta acercando a ella y le inflinge tanto terror. Sé por su expresión que si no escapa va a morir atada a ese poste de cemento salpicado por su propia sangre. Sigue tirando de las cadenas con desesperación.

No puedo soportarlo, tengo que ayudarla, empiezo a tirar con todas mis fuerzas de la cadena que me retiene preso. No cede, esta bien anclada a la pared. Miro por la ventana, mi hermana intenta huir, en vano. Patalea contra el poste, se muerde las muñecas, intenta escapar de allí como sea. Tengo que ayudarla. “Mierda, esta cadena no cede”, sigo tirando de ella con todas mis fuerzas, a cada tirón mi muñeca sufre una descarga de fuerza que produce un intenso dolor que me recorre como un relámpago todo el cuerpo. Tengo que librarme y ayudarla. Su desesperación parece alcanzar límites imposibles, grita sin voz y su rostro parece haber aceptado ya su propia muerte, permanece tirada en el suelo suplicando por su vida y yo aun no logro ver ante quien. No puedo soportarlo, tomo una decisión. “Tengo que salvarla”. Así, armándome de todas mis fuerzas y concentrándome en que mi hermana va a morir, cierro los ojos y muerdo mi muñeca izquierda. Muerdo una y otra vez con todas las fuerzas que mis mandíbulas pueden aplicar. Noto como se desgarra la carne, no puedo parar o el dolor me impedirá continuar, no puedo detenerme, tengo que seguir hasta el final. Mordisco a mordisco se desgarran mis tendones, crujen los huesos, la sangre forma un charco a mis pies, me entra a borbotones en la garganta, me impregna la cara. “¡Aguanta! Voy a salvarte...”. Mantengo la imagen de mi hermana en la mente, me da fuerzas para seguir mordiendo. Un último crujido me da la victoria, soy libre. Mi mano amputada cae al suelo junto a la cadena. Empapado en sangre, noto como pierdo poco a poco el sentido, tengo que darme prisa, miro por la ventana, veo un bulto a unos pasos de mi hermana, no distingo nada, mi vista se nubla más y más. “¡Ya voy!”. Salto por la ventana sin pensarlo dos veces, atravieso el vidrio y caigo desde la segunda planta hasta la tierra. Estoy en el suelo, tengo que llegar hasta ella. Mi cuerpo no me responde, intento arrastrarme y veo como un río de sangre corre desde mi muñeca destrozada. En él veo como se va mi vida, en cada una de esas gotas de sangre también se va la vida de mi hermana. “Solo un ultimo esfuerzo... ¡Aguanta!”. Intento alzar la voz, atraer a la criatura, pero me desvanezco, veo desde el suelo como ya ha alcanzado a mi hermana, sus gritos han vuelto a instalarse en mi cabeza. La vista se me apaga, la oscuridad se cierra en torno a mí, sus gritos me inundan y en ellos poco a poco me ahogo. No puedo moverme, no puedo ver, no puedo hablar, solo escucho, escucho como ella grita y grita, escucho mi propia sangre. Y poco a poco también dejo de escuchar. Poco a poco todo es oscuridad.

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