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LA VENGANZA DEL AHORCADO

El campesino Jared Selum fue ejecutado en la temible horca la madrugada del
día 15 de Junio de 19... Su dramático proceso de cuatro meses culminó tras un breve
periodo de negociaciones y un juicio que, a fin de cuentas, no sirvió para probar su
tan peleada inocencia.

Su penuria había iniciado ocho meses antes, cuando el cuerpo acuchillado del
terrateniente Wallace fue encontrado a orillas del pueblo Hallert por la policía.
La saña con que fueron infringidas las heridas encontradas en el cuerpo del hombre,
hizo pensar a los agentes que a Wallace le había asesinado alguna clase de
demente...o alguien con quién tuviera viejos y grandes rencores. Pronto, las
sospechas recayeron sobre dos personas: Reth Zader, antiguo socio del terrateniente,
acusado de robo por este y condenado a pasar seis años en prisión; y el pobre
campesino Selum, de quien Wallace se había aprovechado antiguamente, despojándolo de
sus tierras. Ambos tenían motivos para asesinar al terrateniente, y ambos conocían
sus movimientos y negocios. Por ello, a nadie sorprendió el hecho de que fueran
aprehendidos como principales sospechosos.


Los interrogatorios –como según afirmarían los agentes del orden tiempo después-
fueron de los más confusos y peculiares. Zader, astuto, se veía seguro y contestaba
a todas las preguntas de forma clara y tranquila. Afirmaba encontrarse muy lejos
del lugar del asesinato cuando éste se realizó, y que (a pesar de sus dudosos
antecedentes penales) sería incapaz de matar a un ser humano, y mucho menos a su
“viejo amigo” Wallace. Su tranquilidad aminoró las sospechas de la policía y logró
despejar ligeramente la suspicacia.

Respecto a Selum, se tuvo una opinión completamente opuesta a la del comerciante. El
campesino hablaba nerviosamente, y estrujaba sus manos sudorosas con fuerza. Sus
palabras denotaban un profundo odio y rencor hacia Wallace. Lo identificaba como el
principal culpable de su ruina y pobreza, mientras que les deseaba dolor y
sufrimiento a los familiares del hombre. A pesar de todo, negó haber asesinado al
terrateniente, dando como argumento el hecho de que, efectivamente, lo odiaba, pero
era un hombre cuya fe y convicciones religiosas le impedían realizar dicho acto.
Su nerviosismo podía explicarse. El simple hecho de estar en medio de u
interrogatorio de la policía podía crisparle los nervios a algunos hombres –los
agentes recordaron anécdotas sobre ello-, pero su actitud y apariencia los hizo
dudar. La forma de vestir de un campesino siempre es bastante simple, y la de Selum
no era una excepción. De mirada recia y dominante, el sujeto de rostro frío y manos
curtidas por la tierra del campo, a simple vista aparentaba un tipo fuerte y
salvaje....pero al escuchar su voz débil y temblorosa, denotaba una personalidad
nerviosa e impresionable.


Se realizaron las investigaciones, y el humilde Selum fue el principal sospechoso, a
fin de cuentas. A esto siguieron cuatro meses de juicio; pero todo fue tristemente
inútil: un inocente más murió en la despiadada horca. Se dio por cerrado el caso y
nadie recordó más al pobre campesino que un día pasara bajo la sombra del verdugo y
se balanceara agónicamente en la temible cuerda de la muerte. No obstante, y
también, nadie estaba lo suficientemente preparado para lo que ocurriría tiempo
después...

II

La noche del siguiente 15 de Junio quedó en la memoria de todo Hallert como la más
siniestro y terrorífico que el pueblo hubiese visto en toda su historia, a causa de
los terribles acontecimientos acaecidos en ella.


Esa noche, el comerciante Zader se revolvía temeroso e inquieto en su camastro.
Desde mucho, en sus sueños, contemplaba la fantasmal y carcomida imagen del
campesino Selum, quién le sonreía y señalaba macabramente. La visión era acompañada
de un gutural sonido, semejante a un chasquido animal y profano, mientras que la voz
del muerto se dejaba oír en todo su esplendor. Zader nunca pudo ver más de aquellos
sueños, pues su indescriptible horror le hacía despertar, temblando y bañado de
sudor frío y pegajoso.


El hombre trató de justificar sus peculiares temores con razones lógicas y obvias.
Era ya un año desde la ejecución de Selum, el “presunto” asesino de Wallace, pero
quien en realidad había sido inocente de todo crimen. Tomó como algo absolutamente
natural a sus pesadillas...tal vez el recuerdo de su muerte lo hacía sentirse
culpable. Después de todo, tenía ya dos víctimas en su conciencia...
Zader dejó escapar una risa estúpida de alivio, y dio un ligero masaje a su cuello.
Doce lentas campanadas, provenientes del chapitel de una iglesia lejana, resonaron
en los oídos del hombre. La medianoche envolvió al pueblo dormido, con su fantasmal
y mística oscuridad. Los sonidos de la noche sonaron más fuertes, acentuados; y el
continuo aullar de los perros viajó a través del helado y silbante aire nocturno.
Había calma…los minutos corrían lentamente.


Zader –ya incorporado- observaba por la ventana el calmado paisaje que representaba
la calle, vacía y silenciosa. Estiró su mano y tomó una botella de whisky que
descansaba sobre una mesa. La abrió rápidamente y bebió algunos tragos. El viento
mecía las ramas de los árboles cuando decidió abrir de par en par la ventana de su
habitación y sentir esa brizna fresca del verano. Sintió calma al pasar el licor por
su garganta y estirar los brazos para desperezarse cómodamente. Apoyó su rostro en
su mano derecha, sin prisa, calmada y perezosamente. Los faroles de la calle se
habían fundido días atrás, dejando sin luz mercurial a las rústicas viviendas del
pequeño barrio. Este adjetivo era bastante acertado: la extensión del vecindario de
Zader era muy poca y en raras ocasiones podía verse a algún transeúnte paseando, y,
claro esta, mucho menos durante la noche. Zader, casi adormilado por el alcohol,
dejó caer la cabeza sobre el pecho, cuando creyó escuchar un sonido macabro que le
resultó horriblemente familiar: una extraña y peculiar sucesión de chasquillos
guturales. La botella resbaló de su mano y fue a dar al suelo, donde estalló,
derramando el whisky por todos lados. Sintió un escalofrío y subió la cabeza para
observar por la ventana abierta. La calle permanecía igual que antes; solitaria, sin
una sola alma. Más sin embargo, aquellos horripilantes chasquidos seguían
escuchándose. Sí, a Zader no le quedó duda alguna...eran los mismos chasquidos que,
durante diez noches, escucharía incesantemente en lo más profundo de sus sueños.


El hombre respiró con dificultad y aguzó la vista. La oscuridad, negra y espesa
como un manto, lo cubría todo. Únicamente la luna alumbraba con su débil luz
blancosa a los tejados de algunas casas. El sonido aumentaba de forma considerable.
Zader creyó escucharlo a pocos metros de él, resonando cruelmente y avanzando con
lentitud.


Presa del pánico, dejó escapar un sollozo patético y lastimero cuando a lo lejos,
iluminado por un rayo de luz lunar, distinguió a la misteriosa figura que emitía los
sonidos. Caminando lentamente, un hombre de vestimenta blanca y manchada, se dirigía
hacia la ventana desde la cual observaba el comerciante. El individuo, alto y
extremadamente delgado, llevaba en la mano derecha una manta carcomida y andrajosa,
teñida con manchas de color tierra. Poco a poco, la misteriosa figura avanzaba, y a
su paso los chasquidos subían de tono, hasta volverse cacofónicos e insoportables.
Zader, llorando cobardemente, intentó alejarse de la ventana, pero estaba
inmovilizado por completo. La luna brilló con intensidad momentáneamente, bañando
con su luz al sujeto. Fue en ese momento cuando Zader creyó enloquecer de horror.
Frente a él, una visión espantosa, horrenda, le sonreía burlonamente. De piel
putrefacta y rostro descarnado, el ser aullaba de forma espectral y demoníaca. Ese
engendro de la noche, cuyos miembros secos y cadavéricos brillaban nauseabundamente
bajo la luz nocturna, alargó los brazos en busca del tembloroso comerciante,
mientras en sus ojos huecos brillaba una ansiosa luz fosforescente de triunfo
consumado...

III

Al día siguiente, los agentes policíacos del pueblo de Hallert no lograban
determinar que cosa era más horrenda: La brutal forma en que el comerciante Reth
Zader había sido muerto la noche anterior o la expresión que tenía este en su
rostro. Zader había sido ahorcado en la rama de un árbol, con una soga vieja y
rasposa. Sus pies y manos fueron salvajemente arrancados y esparcidos por los
alrededores, junto con numerosas machas de sangre que el asesino marcó sádicamente.
El pecho, completamente rasgado, aún goteaba sangre, roja y caliente.


Su rostro –lo más horrible del macabro conjunto- causó una fuerte impresión en la
policía. Los músculos de la cara estaban contraídos en una mueca de horror
indefinible, como de alguien que contempló una visión aterradora antes de morir…
A pesar de la magnitud del caso, por una extraña razón fue cerrado ante la
admiración pública. Existió un motivo para que los agentes desistieran en sus
investigaciones...un motivo que se mantuvo en secreto bajo la más estricta
confidencialidad. La policía de Hallert no es supersticiosa, ni mucho menos
creyente de hechos fantasmales y demoníacos. Pero lo que encontraron en el
cementerio del viejo páramo fue motivo de una larga serie de conmoción y debates:
El reporte de una tumba violada movilizó a un par de agentes, quienes se llevaron
una macabra sorpresa. El osario era aquél donde reposaban los retos del infeliz
campesino Selum, muerto en la horca un año antes. Había tierra porosa por todos
lados, y la tapa del ataúd de madera apareció completamente rota y astillada. Más lo
que provocó que aquellos hombres huyeran aterrados del cementerio fue la visión del
putrefacto cadáver...porque allí, en el fondo de la impía caja sepulcral, el
asqueroso cuerpo sostenía fuertemente entre sus cadavéricas manos, lo que parecía
una pierna humana, burdamente arrancada a partir de la rodilla y todavía sangrante.
Y en su horripilante boca, vagaba una mueca de risa, propia de alguien que ha
cumplido su añorada venganza...

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