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LA SOLEDAD

Nunca había sentido curiosidad por averiguar a quien pertenecía aquella tumba. los detalles morbosos no la inquietaban y no creía que pudiese haber nada más allá de la muerte. un día te morías y ya estaba. se acababa todo. ¡punto y final! hasta el momento, nadie había regresado de aquel lugar.

lo único que de veras le importaba era la casa que samuel y ella habían adquirido juntos. era blanca de un único piso, con numerosas habitaciones y un largo pasillo. las tejas eran rojas, de un esmalte vivo, era la típica casa que dibujan los niños con un pequeño sendero y una chimenea llena de humo. tenía bastante claridad, a primeras horas del día, aunque a la tarde se ensombrecía un poco por el ala oeste. a mano derecha, había una pequeña cocina con una gran nevera y también una despensa aunque el detalle de los víveres no era ningún obstáculo para ella ya que el supermercado del pueblo se hallaba bajando la carretera a sólo media hora de coche.

por el momento, se hallaba vacía de muebles, excepto en la primera habitación en la que había colocado un camastro ocasional por si ella y samuel decidían pasar algún fin de semana hasta que terminasen de poner todo el mobiliario.

la casa, rodeada por eucaliptos pendía vertiginosamente sobre un acantilado. el paisaje que se veía desde allí era verdaderamente impresionante. mirar hacia abajo producía vértigo.

a adamaris le gustaba el olor de los eucaliptos y sentir el murmullo de sus ramas cuando el viento las agitaba. le gustaba la paz que se sentía allá arriba. era como una anestesia para el dolor.

era la casa de sus sueños.

la casa que samuel y ella habían soñado juntos.

sólo tenía un defecto.

estaba sola, vacía como ella.

samuel la había abandonado hacia cosa de un mes sin darle ningún motivo convincente. llevaban diez años juntos toda una vida y de pronto él se iba y la dejaba diciéndole únicamente que algo en él había cambiado, que no sabía lo que quería y que deseaba emprender una nueva vida lejos de aquel ambiente que tanto le oprimía.

se había marchado de la ciudad y la había dejado sola. más tarde, se había enterado por unos amigos que tenía otra mujer y que viviría con ella la vida que le había arrebatado.

a consecuencia de esto, se hallaba en tratamiento psicológico porque no podía dormir, porque no concebía la idea de vivir sin él, envejecer y morir sin nadie que la quisiera, abandonada como un perro. sola.

el psicólogo había desaconsejado su idea de ir a la nueva casa. a su temor patológico a la soledad, no le venía bien un lugar tan apartado como aquel. adamaris necesitaba estar en compañía de mucha gente.

había hecho caso omiso a la opinión médica y de todos sus amigos. el único sitio donde podía encontrarse feliz y menos sola era precisamente aquel, la casa en la que había planeado vivir hasta hacerse muy vieja en compañía de samuel, su amor.

entró en la casa y admiró el brillo del parquet y el olor de la madera. los obreros la habían dejado acabada aquella misma mañana. quitó la cinta aislante que cubría una de las ventanas y observó la infinitud del mar a lo lejos.

de pronto tuvo un sobresalto al sentir su móvil. ¿quién la llamaría? adamaris suspiró al ver el nombre de sandra en la pantalla. sandra era su mejor amiga. siempre se preocupaba por ella. era algo bruja y también muy sincera. decía las cosas tal y como le venían sin pensar en el efecto que podían producir en las personas.

¿estás loca? casi gritó ¿pero a quien se le ocurre ir a esa casa tu sola? ¿y si te da un ramalazo y te da por tirarte por ese acantilado? ¡ahora mismo cojo el coche y me planto contigo! ¿por qué no haces caso a la gente que te quiere?

durante algunos minutos mantuvo una discusión acalorada con ella. finalmente rompió a llorar desconsolada.

le confesó que estaba mal, francamente mal que continuamente sentía ganas de llorar y que la idea del suicido le rondaba cada segundo.

pero le dijo, que únicamente en aquella casa encontraba paz y que le pedía por favor que no se inmiscuyera en sus asuntos.

podía llamarla cada minuto, cada segundo si tenía miedo aunque ella no tenía intención de atentar contra su vida. lo único que quería ahora es que la gente que la quería respetase su voluntad de estar sola.

entristecida por el estado de su amiga, sandra dejó de insistir. ya iba a colgar cuando adamaris en tono de broma y para restarle importancia a su discusión se le ocurrió preguntar:

¿oye, y no tendrás ningún ritual para encontrar al hombre perfecto?

pensé que tu hombre perfecto era samuel respondió sandra.

tal vez me convenga cambiar de aires replicó quiero a un chico guapo, mucho más guapo que samuel, inteligente, sensual, simpático, y que me quiera mucho.

sorprendida sandra estalló a reír:

ese hombre no existe adamaris.

¿ves entonces porque quiero estar sola?

cuidado con tus deseos adamaris por que pueden hacerse realidad

siguiendo la broma le dijo que tomara nota. se inventó un ritual de atracción para su amiga diciéndole que necesitaba un pequeño gorrión muerto sobre el que debía verter unos granos de lavanda, envolver el pequeño cadáver en una hoja de un árbol y enterrarlo en una noche de luna llena al lado de una tumba.

todo esto, lo dijo sandra, ignorando que cerca de la casa que adamaris había comprado, existía verdaderamente una tumba, de una persona desconocida, tal vez un suicida aunque era poco improbable por la pequeña cruz de mármol blanco o incluso, un marinero sin nombre o un antiguo morador de aquella colina.

con los ingredientes, adamaris bajó al pueblo y compró unos saquitos de lavanda en grano pues no la tenía en casa. encontró efectivamente el cadáver de un pequeño gorrión, probablemente muerto de una enfermedad el poder adivinatorio de sandra era increíble y tal y como ella dijo, envolvió el pequeño cadáver en unas cuantas hojas de eucalipto atadas con una cuerda.

interpretándolo como un juego simpático que le permitiría encontrar al hombre ideal ya que ella no creía en esas cosas esperó a que hubiese luna llena y enterró el cadáver del pequeño pajarito en un montoncito de tierra al lado de la tumba sin nombre.

aquello no iba a resultar. ¿pero que perdía por intentarlo? si la magia no existía como ella creía no pasaría nada. nunca había creído en la magia. ¿por qué no empezar a hacerlo ahora?

sucedió que aquel verano, no pasó absolutamente nada. bueno, sí pasó. pero no fue la aparición del hombre apuesto y encantador de sus sueños.

lo que ocurrió fue algo más bien terrorífico.

después de eso, comenzó a sentir como todas las noches una niña desconocida recorría su casa a la carrera. nunca la veía. cuando encendía la luz, los ruidos cesaban pero ella sabía que tenía que tratarse de una niña, una niña de corta edad.

incluso, una noche cerró con llave la puerta, por temor a que realmente una niña del pueblo hubiese subido hasta allí arriba cosa improbable ya que era la única inquilina de aquella colina a gastarle una broma pesada.

los ruidos de la niña volvieron a oírse también aquella misma noche dentro de la casa y justo al lado de su cama. pero al encender la luz, todo se desvaneció.

pensando que la soledad le estaba haciendo volverse loca, tomó la determinación de abandonar la casa aquel verano. a su llegada a ribadesella, le contó a su amiga sandra lo que había acontecido y esta le habló de la posibilidad de que hubiese un espíritu en su casa a consecuencia del ritual practicado.

sandra tenía la culpa. había jugado a inventarse un ritual y con la magia no se juega. aquel mismo año tuvo un accidente de tráfico en el que perdió la vida.

pero adamaris no lo atribuyó en ningún momento a un castigo por jugar con la magia.

pasaron los años y regresó a la casa. la casa blanca que se parecía a un dibujo infantil con su camino, y sus eucaliptos.

la casa donde samuel y ella habían planeado agotar los últimos días de su vida.

el espíritu de la extraña niña dejó de atormentarla desde el primer día en que había puesto un pie sobre la casa.

adamaris estaba feliz. había encontrado al hombre de sus sueños. era un caminante, guapo, alto y rubio de habla extranjera. se dedicaba al senderismo cuando por casualidades de la vida fue a parar cerca de su casa. se hallaba alojado en el hotel del pueblo.

le preguntó si era feliz allí y le dijo que debía serlo pues si él viviese en un lugar tan hermoso como aquel no pensaría en abandonarlo nunca.

mantuvo una hermosa relación con él durante un mes. aquel adonis, llegaba a su casa cada anochecer y le colmaba de todos los besos y caricias que nunca había soñado tener.

la felicidad se reflejaba en su rostro.

era enormemente feliz.

pero un día, al igual que samuel, desapareció y la dejó nuevamente sola.

intrigada por la extraña desaparición de su amado, volvió al pueblo y preguntó en el hotel por él.

nadie le conocía. no había ningún muchacho alemán registrado con ese nombre durante aquel año.

sin saber como ni porque, entró en la iglesia para hablar con el párroco. ella no creía en aquellas cosas.

pero necesitaba consuelo a su dolor. necesitaba hablarle a alguien de su temor a quedarse sola.

cuando el párroco oyó el nombre y los apellidos de aquel muchacho, palideció.

adamaris le preguntó que le sucedía.

este únicamente le dijo que no podía ser posible que hubiese conocido a aquel hombre ya que había muerto.

los cimientos de la nueva casa de adamaris estaban sobre la antigua casa. por lo visto, fue un hombre cuya hija murió de una enfermedad pulmonar. incapaz de soportar la tristeza, su mujer, la persona a quien él más quería en el mundo, le dejó solo. incapaz de soportar la muerte de su hija y el abandono de su esposa se precipitó al mar.


había anochecido cuando adamaris abrió sigilosamente la puerta de su casa con intención de coger las pocas pertenencias que tenía y poner los pies en polvorosa lejos de aquella casa maldita gracias al ritual de una amiga aprendiz de bruja y a ella misma que lo había llevado a cabo.
al poner un pie dentro un aire gélido le golpeó la cara y una fuerza sobrenatural la empujó hacia dentro.

quiso encender la luz pero una mano gélida se lo impidió empujándola contra una viga que le hizo perder durante un instante la conciencia.

cuando la recuperó, vio que la luz de la luna iluminaba a una niña con un hermoso vestido blanco, mesándole los cabellos. a su lado había un pañuelo manchado de sangre.

adamaris recordó la enfermedad pulmonar de la que el párroco le había hablado con respecto a la niña.

a su espalda, surgió una voz de ultratumba que le decía: ya nunca más estarás sola.

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