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JUNIOR

El chico que mató a tres compañeros de colegio está internado en un
establecimiento de máxima seguridad. Para protegerlo, los otros 29 menores que
comparten el lugar no saben quién es ni qué hizo.

Antes de nacer ya era de Boca Juniors. No interesaba si era nena o varón. Importaba
que sea de Boca. Cuando la partera del hospital Ecay de Carmen de Patagones le
anunció que era “un morochito”, su madre Ester no dudó un instante: “Le vamos a
poner Rafael, como el papá, y Junior, por el club”.

La decisión no la tomó ella sino su marido, Rafael, un efectivo de la Prefectura que
había llegado de Misiones hacía poco más de cuatro años. Ester, en cambio, es
maragata, como se llama a los nacidos en Patagones. Se conocieron a mediados de los
’80, cuando Rafael hacía guardias en el puesto de Prefectura Naval del muelle, donde
se toman las lanchas para cruzar el río, a la vecina Viedma.

Cuando Junior nació, el joven matrimonio vivía en la habitación trasera de la casa
de la abuela María, la mamá de Ester. Pero en 1990, con la llegada de Fernando, el
segundo hijo, ese cuarto les quedó chico y unos meses más tarde se mudaron a una
casa alquilada, cerca del centro. Ese mismo año Junior empezó el jardín en el
instituto Nº 4.

“Fuimos juntos desde la salita naranja. Me acuerdo que siempre fue igual: callado,
no molestaba a nadie. Y siempre andaba solo, con una pelota, jugando al fútbol”. Así
lo recuerda Ezequiel, que como Junior, hoy tiene 15 años. Su mamá no quiere que se
sepa su apellido, ni donde vive, pues tiene miedo de que le pase algo.
Con Junior fueron juntos a la escuela desde jardín hasta séptimo grado, en el EGB Nº
2. También a catecismo con el padre Emilio. Y tomaron la Primera Comunión en la
misma época en la capilla de la Sagrada Familia, en Villa Lynch, un asentamiento
ubicado a unas pocas cuadras de su barrio.

“Desde hace unos años no van más a esa iglesia. Suelen ir los domingos a la
Parroquia o a la Virgen del Rosario, la del hospital”, comenta Ezequiel.
Miriam López Osornio es docente y directora de escuela. Lleva 30 años trabajando en
la docencia. Ella conoce mucho al padre de Junior. “En realidad todos lo conocemos,
porque siempre estuvo muy integrado a la escuela. Participó de la cooperadora. Pero
especialmente porque él hace las visitas guiadas del museo de la Prefectura, y nos
vemos permanentemente”. Cuando Junior pasó por la EGB 2, Miriam era maestra. “Es
cierto, era un chico silencioso, pero no por eso problemático. Por lo general los
problemáticos son los más revoltosos y él era normal, jugaba en este patio con mis
hijos, que eran a esa edad tan callados como él”, relata la docente, de espaldas a
una bandera a media asta, en el patio vacío de un colegio. Habían pasado diez días
desde que ocurrió la tragedia y aun no habían vuelto las clases en Patagones.
“Silencioso y aplicado –insiste López Osornio- eso no te hace un asesino”.
Los límites.

El río Negro divide drásticamente a dos realidades idénticas, pero irreconciliables.
Carmen de Patagones al norte y Viedma al sur, son vecinas unidas por dos puentes, el
“Viejo” ferrocarretero, y el “Nuevo”, el de la ruta. Pero están separadas para el
mundo adolescente por una puja romántica, cuchillera y ancestral: un joven maragato
sabe que los fines de semana, con la puesta del sol, debe cruzar el río “para
levantar minas viedmenses”. Y por supuesto “los de Viedma también vienen a tocarte
el culo acá. Y siempre se arma”.

La descripción de la “hombría maragata” se repite una y otra vez entre los
adolescentes de Patagones. Y claro, el “más macho” es el que mejor “cacería” logra
más allá de los límites de Patagones.

Pero los límites de Junior terminaban mucho más cerca. De este lado del río, a pocas
cuadras de su casa y de su calle. Fue así en su infancia y también lo era en su
adolescencia.

La vida de Junior transitó siempre entre la veintena de manzanas que hay entre las
escuelas a las que asistió, la iglesia, el club y su casa de las 99 viviendas.
Ahí se mudaron en 1993, cuando el Fondo Nacional de la Vivienda (FONAVI) terminó de
construir su barrio. La casa está ubicada sobre unas bardas, la sierra que marca al
norte la cima del valle del río Negro, donde termina Patagones en un puñado de
casitas pintadas de un naranja empalidecido.

Todos en el barrio saben que la casa de San Juan 614 es la de Junior y su familia.
Es inconfundible, pues es la única del barrio que se preserva casi en el mismo
estado en que fue construida. Bajo una tela cubresombra suele estar el Renault 12
blanco, que –según los vecinos- a veces Rafael le deja estacionar a su hijo mayor.
En el patio corretea la perra pequinés, Chicha, babeando un ancla de un barco que
está apoyada contra un paredón, junto a unos malvones. Y lo más distintivo: la reja
del portón del frente tiene forjados el escudo y las iniciales del Club Atlético
Boca Juniors (“CABJ”).
Jorge Newbery y el museo.

Solo hay una cosa en la vida de esta familia que le compite en importancia y pasión
a Boca: el club Jorge Newbery. En su cancha, ubicada a dos cuadras del río, Rafael,
Junior y Fernando han demostrado sus destrezas como arqueros.

Ahí el hijo mayor del matrimonio aprendió a patear la pelota, a saltar hasta los
ángulos del arco, a salir de la línea del fondo en el momento preciso. Al principio
bajo la supervisión de su padre, luego en las clases de Julio Suárez y de Quico
Rodríguez, los técnicos de las inferiores y la primera del club.

Para Rafael siempre fue importante que Junior pudiera estar en el equipo, pero más
importante era que jugara; por ello no dudó en anotarlo en el Deportivo Patagones,
cuando se abrió una vacante en el arco del equipo rival. En el “Depo” estuvo solo un
año como arquero titular, después volvió a “Jorge”.

“En el arco se la pasa a los gritos, vive dando indicaciones y órdenes... y está
media hora para ordenar la barrera cuando hay un tiro libre”, dice Norman, un amigo
de la infancia que juega de 3 todavía en el club.

Junior es obsesivo del orden. Como su padre. Esa manía le permitió a Rafael
organizar y convertirse en el responsable del museo de la Subprefectura Naval de
Carmen de Patagones.

Cuando él ingresó en la fuerza había tan solo un par de cañones algo herrumbrados en
la plazoleta de la Prefectura, exhibidos como el patrimonio histórico de la
institución. Pero Rafael en pocos años montó un museo que ahora integra el circuito
turístico y educativo de la comarca Viedma-Patagones.

“Es un hombre que vive compenetrado con su trabajo. Tiene a su cargo la cara visible
de la Prefectura en la comunidad, porque hace las visitas guiadas para grupos de
niños, para estudiantes secundarios y también a adultos y turistas”, explica el
prefecto Néstor Ramón López, jefe de la delegación.

Carlos Alberto Abadía es ayudante mayor de la Prefectura. La jerarquía lo obliga a
decir que es el superior de Rafael, y por lo tanto “encargado” del museo. Pero sabe
que no es así. Con absurda delicadeza abre el pesado portal de madera maciza da al
museo. El espacio está cuidadosamente ordenado: un centenar de maquetas,
fotografías, objetos antiguos náuticos y uniformes resumen los 103 años de la
Prefectura de Patagones. “Todo esto lo consiguió y catalogó el ayudante de segunda.
Hasta es el que pinta las paredes”, afirma Abadía mirando el muro impecable.
La pasión que Rafael puso en el museo lo llevó a estudiar Museología a distancia en
la Universidad de La Plata. Cada cuatro meses se toma licencia de seis días por
estudios y viaja hasta la capital de la provincia de Buenos Aires para rendir los
exámenes finales y asistir a los cursos que requieren presencia obligatoria.
“Ahora no sé qué va a pasar con él –reflexiona Abadía-. Está completamente
destruido. Nunca en mi vida vi a alguien así. Sin él el museo está completamente
vacío. La última vez que lo vi acá adentro fue el domingo anterior a lo que sucedió.
Había venido con los dos hijos, Fernando y Junior. Siempre andaban juntos, en
familia”.

El barrio
Norman es de River Plate. Es un año más chico que Junior y fue durante un par de
tempradas su mejor amigo. Se conocieron en Jorge Newbery, no hubiese podido ser de
otra manera. Primero porque Norman iba a otra escuela, la Nº 8 y segundo porque
Norman vivía con su familia en las “268 viviendas”, otro barrio maragato. Territorio
vedado para los adolescentes de “las 99”.

Junior visitaba a Norman en su casa. Aunque quedaba a solo siete cuadras, él iba en
su bicicleta todo terreno color negro. Se la habían comprado varios años atrás, pero
se veía lustrosa, como nueva. Juntos jugaban a la pelota en la canchita de la
iglesia de los mormones, a media cuadra de la casa de Norman. O si no, se pasaban la
tarde en la habitación de Junior jugando al Family Game. “Casi siempre al FIFA
2000”, dice Norman. “Y a veces los veías cazando gorriones o palomas”, acota
Alfredo, de 17 años, ex vecino de Norman, parado en la esquina de la canchita.
Alfredo es algo así como el líder de los pibes del barrio: “la banda de la 268”. Con
su hermano Mancio (dos años menor) y Santos, de 17, le hacían la vida imposible a
Junior. “Él no tenía nada que hacer acá, él es de las 99 y los de ahí no entran en
las 268”, explica Alfredo y detalla que en represalia insultaban a Junior “con todas
las puteadas que te puedas imaginar y le meábamos y escupíamos la bicicleta, quedaba
más brillosa que antes”.

Dentro de los límites de las 99 la cosa era diferente, Junior iba cada tarde al
mercadito de los Belama, una cuadra cuesta abajo. “Siempre andaba impecable. No era
como los demás chicos del barrio. Él entraba y decía ‘permiso señora, buenas
tardes’, se llevaba lo que todos compran: papas, fideos, pan”, dice Nora, la dueña.
Cintia tiene 17 años, es alta y tiene el cabello castaño, lacio. Está parada en la
esquina del club Atenas, donde están velando a los tres jóvenes asesinados por
Junior. Está impactada, también por el acoso de una veintena de periodistas y
camarógrafos que no la dejan caminar. No para de fumar. Ante las cámaras de TV dice
que va al segundo “B” del colegio Islas Malvinas y que solo vio a Junior entrar al
baño con las manos dentro de la campera, en lugar de ir al aula como todos los días
a buscar a su amigo Dante. Más tarde, en su casa, confiesa que esa compañera de
Junior del primero “B” y que se sienta a tres asientos de él, en medio del aula.
“El año pasado nos juntamos varias veces a estudiar. Charlábamos bastante. Él me
leía las letras de las canciones en inglés de algunas bandas de afuera que él mismo
había traducido, entendía todo. Nos reíamos mucho, me hacía chistes. Después nos
dejamos de ver, se lo notaba más raro, más callado que nunca”, comenta.
Junior comparte el interés por el idioma con su papá. Rafael también estudia inglés,
porque quiere llegar a hacer visitas guiadas en el museo de la Prefectura con los
extranjeros.

“Los problemas empezaron cuando se cambió de colegio, a principios de año”, comenta
José, que es vecino y amigo del chico. “Cuando terminó el noveno año tuvo que
buscarse otro colegio, lo mismo que su amigo Dante. Entonces empezó a vestirse
distinto, siempre de negro y con ropa grande y a escuchar rock pesado”, dice.
“Antes escuchaba cumbia, Damas Gratis, Pibes Chorros, Meta Guacha y eso...”, asegura
Agustín, que también se juntaba con Junior. “Dante era el único que lo alentaba,
siempre le decía: ‘vos sos el rey’”, agrega José.

El tema de la música se volvió en una cuestión central en su mala relación con
algunos compañeros. “Era una pavada, pero Junior y Dante son los únicos que no van a
Cocoa y no escuchan cumbia”, dice José.

Cocoa es un boliche al que concurre la mayoría de los adolescentes de Patagones,
aunque está en Viedma.

Los amigos abren grandes los ojos y menean la cabeza cuando se les pregunta qué
piensan que puede haber desencadenado tal furia. El solo juega al fútbol, cuando
llega del colegio, si no se va al club patea con su hermano de 11 años en el patio
de la casa. Si no, va a jugar al campito que hay en la manzana de al lado y puede
pasar así toda la tarde, a eso de las ocho vuelve a la casa.

Otro de los chicos que pidió no ser identificado dijo que el martes había llegado
cerca de las 7 a la escuela. Estaba esperando en el patio cuando unos 15 minutos
después vio entrar a Junior, vestido con pantalones anchos y un camperón verde,
varios talles más grande. “No se le veían las manos. Cuando pasó, unos chicos se
rieron y comentaron algo mirándolo. Entonces él se encerró en el baño, nunca hacía
eso, siempre pasaba directo al aula, donde lo iba a buscar Dante y recién entonces
salían a formar. Pero se quedó en el baño como unos 15 minutos. Pienso que fue
entonces cuando cargó el arma. Y juntó más bronca, en la fila los chicos se burlaban
por como estaba vestido. Después nos fuimos a las aulas. Y apenas entramos,
escuchamos el estruendo. Corrimos al aula de al lado y los chicos ya se
desangraban”.



Los cinco meses de encierro lo convencieron de la necesidad de terminar la escuela
media. Junior, el adolescente que mató a balazos a tres compañeros de la escuela y
hirió a otros cinco, quiere completar el polimodal en el instituto de máxima
seguridad en el que está alojado desde diciembre de 2004.

Esa decisión la maduró con los pocos que conocen su vínculo traumático con la
educación. Los responsables del centro de internación para menores con causas
penales de El Dique —partido de Ensenada— guardan el secreto como un tesoro
milenario. Los 29 jóvenes alojados en el mismo edificio que Junior no saben que
comparten comidas, recreos y charlas con el muchacho que el 26 de setiembre de 2004
entró a un aula de la escuela \"Islas Malvinas\" de Carmen de Patagones (Argentina)
y sin una palabra comenzó a disparar contra sus compañeros con un arma que
pertenecía a su padre. En otras palabras, ninguno de los otros internos conoce su
verdadero nombre y tampoco el episodio que motivó su encierro.

Junior estuvo 90 días alojado en la base de Prefectura de Ingeniero White, cerca de
Bahía Blanca. Para conseguir su ubicación en el nuevo predio —ubicado en 127 y 50, a
cinco kilómetros del centro de La Plata— Ramallo tuvo que redactar un pedido
especial. Es que la Ley de Patronato de Menores establece que sólo pueden ser
alojados bajo régimen cerrado los adolescentes imputados por delitos graves que
tienen entre 16 y 18 años. Cuando ocurrió la tragedia, Junior tenía 15.

El muchacho mantiene en El Dique las mismas conductas que conocieron sus ex
compañeros de Carmen de Patagones. Se mantiene retraído, casi no habla con el resto
de los reclusos y apenas entabló charlas ligeras con un par de celadores.

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