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EL SAPO

Fue en el sucio escaparate de una oscura y ruinosa tienda donde lo vi por primera
vez. Puedo recordar perfectamente en donde está esa tienda. De hecho, sigue estando
allí, a diferencia de cómo ocurre con los siniestros y extraños emplazamientos que
tienden a desaparecer al final en los cuentos de Lovecraft.

Pero de la misma forma fantástica que ocurre en esas delirantes narraciones, fue
allí donde todo comenzó.

Podría haber dicho que era un día como cualquier otro, nada especial, no pude
percibir nada raro. Ni un solo presagio funesto. Estaba equivocado.

Era una de esas tiendas de artículos “esotéricos”. Aunque no vendían libros, tenían
una muy amplia gama de “aparatos” como son las barajas de tarot, bolas de cristal,
estatuas de Buda, runas, dados, incienso, velas, etcétera. Claro, también era
posible obtener toda suerte de amuletos.

Yo tan solo había ido a comprar incienso, ni siquiera era para mí pues yo en
realidad no estaba interesado en ese tipo de asuntos. Pero algo llamó poderosamente
mi atención: Era un horrible sapo verde parado sobre una pila de monedas. Creo que
pude sentir como si de verdad me estuviera observando.

“¡Que feo!” Fue lo único que se me ocurrió pensar después de verlo, volteé hacia
otro lado y finalmente, me fui de la tienda.

Recordé el cuento de Borges llamado “El zahir”, donde el protagonista se ve afectado
por la nefasta influencia de un zahir, es decir, algún animal, persona, planta o
cualquier cosa que produce un efecto tal en la persona afectada, que esta no puede
pensar en otra cosa más que en el zahir. Y pude recordar dicho cuento, porque la
imagen del sapo se me quedó grabada.

“¡Chinga tu madre, pinche sapo!” Pensé y olvidé temporalmente le asunto.
Después de entregar el incienso, regresé a mi casa, y al anochecer, volví a recordar
al sapo por un hecho totalmente fuera de lugar. Pude escuchar el canto de un sapo,
cosa nada extraña en la ciudad donde vivo, pero hacía mucho que la temporada de
lluvias había terminado.

Puedo agregar a lo anterior que no pude determinar donde estaba el sapo, aunque sí
lo escuché gran parte de la noche. Pero ese día dormí muy tranquilo y no soñé nada
relacionado con sapos.

Fue al segundo día cuando lo recordé. El título del cuento es: “El extraño caso del
Avools Wuthoqquan” escrito por Clark, Ashton Smith. Es la historia de un avaro
prestamista que en su afán de riqueza, se enredó a sí mismo en una tenebrosa
aventura donde finalmente termina siendo devorado por un horrible descendiente de un
demonio llamado Tsathoggua.

El autor describe a Tsathoggua como una cruza entre un ser humano y un gigantesco
sapo negro, y de manera similar a sus descendientes.

Aquel sapo sobre la pila de monedas, me había recordado a esa abominación que devoró
a Avools Wuthoqquan.

“¡No seas idiota!” Pensé “Eso solo pasa en los cuentos”.

Y, sin embargo, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sin saber por qué, tuve miedo.
Podía sentir el recuerdo del sapo como si de algo ominoso se tratara. Una amenaza
oculta que se cernía sobre mí.

Por alguna razón, se me ocurrió buscar más información sobre Tsathoggua y no me
gustó lo que encontré. Una avanzada raza de Antiguos que vivía bajo tierra, había
hallado un túnel donde supuestamente había vivido Tsathoggua y encontraron allí
seres vivos. Pero no eran sapos como Tsathoggua, sino amorfas masas de limo negro
que se movían y podían tomar forma parcial. Los Antiguos sintieron temor y
decidieron sellar el túnel. Y más tarde, cuando un grupo armado y bien equipado
decidió explorar el túnel, no fue posible hallarlo nuevamente.

Así pues, los Antiguos, los más temidos y poderosos demonios de la Naturaleza,
¡Temían a Tsathoggua!

Nuevamente me reproché a mí mismo por tomar esos cuentos fantásticos como una realidad.

El resto del día estuve muy ocupado con mi trabajo, así que olvidé por completo el
asunto del sapo. Incluso, al anochecer, estaba tan cansado que simplemente cené y me
dormí.

No podría asegurarlo, pero ese día, en mi trabajo, pude ver, o al menos creí ver
algo que se movió sigilosamente por debajo de mi escritorio. Algo negro, me pareció.

Fue hasta el siguiente día cuando lo encontré. Al llegar a mi casa, después del
trabajo, no solamente pude escucharlo cantar, ya que el sapo estaba a tan solo dos
metros de mi puerta.

No puedo asegurarlo con certeza, pero al menos, en cuanto a su proporción anatómica,
era casi idéntico al que vi en el escaparate de aquella tienda. Incluso la forma y
posición de su cuerpo me parecieron iguales. Solo su color era distinto, ya que el
de la tienda era verde oscuro, en tanto que el que estaba allí, era verde claro.

Quizá hubiera podido olvidar el incidente del sapo, a pesar de mis investigaciones
sobre Tsathoggua, pero lo que ocurrió al día siguiente, no solo me pareció
“peculiar” o “curioso” (y uso estos términos por no decir “perturbador”) sino que me
hizo pensar más (sí aún era posible) en el asunto.

Había dejado de darle vueltas al asunto y había incluso, comenzando a olvidarlo, a
pesar de haber visto un sapo verde el día anterior. Pero cuando volví a mi casa por
la noche, allí estaban ellos, junto a la puerta.

Eran al menos una veintena de sapos verdes de aspecto repulsivo. Todos en silencio,
en actitud de espera.

Al principio me quedé mirándolos, en silencio, sin saber qué hacer. Todos me veían
directamente a los ojos. A continuación comencé a gritarles y hacerles señas para
que se fueran.
- ¡Lárguense de aquí, maldita sea! ¡Órale!

Pero solo se dispersaron cuando amenacé con correrlos a punta de patadas.
Cuando cerré la puerta de la casa, me di cuenta que mi respiración estaba agitada y
mi corazón latía con fuerza. Creo que nunca hubiera podido pensar que yo mismo podía
sentir tanto miedo por algo tan absurdo.

Me tomé un vaso con agua helada y el frío me despejó el pensamiento y comencé a ver
las cosas de manera más racional.

Por mucho que me lo recordara, el sapo de las monedas no tenía nada que ver con
Tsathoggua ni con ese otro Avools Wuthoqquan ni con la cosa que se lo comió. Esas
cosas no existen.

Tampoco tenía por qué relacionar esas cosas con la repentina invasión de sapos que
había llegado a la puerta de mi casa.

Lo único que no supe explicarme era por qué los sapos estaban allí en esa época del
año. En definitiva, no era un comportamiento normal para esos animales
"A lo mejor están enfermos" Pensé.

Como una precaución, cerré las ventanas, aseguré las coladeras y me cercioré que no
hubiera ningún lugar en la casa por donde esos animales pudieran entrar. También me
aseguré de observar que ninguno se había metido.
- Ni se les ocurra meterse – dije en voz alta.

Debí haberlo sabido: Cerrar las entradas no era suficiente.
El día siguiente, ya estaban adentro de mi casa para cuando yo regresé por la noche.
Todos cantando en el fondo de la sala, en coro. Viéndome directamente.
-¡Les dije que no entraran! – grité.

Enfurecido, abrí la puerta y comencé a atacarlos con una escoba hasta que logré
correrlos a todos. No volvieron a entrar ese día. Pero pronto, yo descubriría que el
problema estaba muy lejos de resolverse.

El día siguiente fue peor. Mi horror ascendió a niveles inauditos. Los sapos no
habían entrado, ni estaban cerca, pero en la cocina, encontré algo horrible.
Al principio y por puro reflejo, pensé en lo más sencillo:
"Maldición" pensé "Está creciendo un maldito moho negro en la cocina".
Pero no era moho. El moho no se mueve.

-¡Ahorita vas a ver como te saco de aquí! – le dije.
Busqué una espátula entre mis herramientas, pero cuando regresé a la cocina, la cosa
estaba saliendo por debajo de la puerta y se escurrió por la coladera.
¿Pero, qué era esa cosa?

"Amorfas masas de limo negro que pueden desplazarse o tomar forma parcial" pensé.
¡Los descendientes de Tsathoggua!

De verdad lo había visto y el rastro de mugre que había dejado en la cocina me
confirmaba que era cierto. No podía ser nada "normal". Lo único que se me ocurrió
en ese momento era: ¡Tsathoggua!

Debía prepararme, pues no sabía que hacer.

La piedra gris tallada en forma de estrella de cinco puntas. La piedra gris de la
Antigua Mnar. Es lo único que pude descubrir que tenía poder sobre los Antiguos, sus
emisarios y sirvientes.

Pero yo no tenía la piedra de Mnar. Ni podía contactar a nadie que la tuviera o
supiese algo sobre los Antiguos.

Pero tengo un poco de imaginación y se me ocurrió que podía usar la fuerza de los
elementos, podía usar el agua o el fuego. Las dos quizá. Coloqué varias botellas de
agua por toda la casa, así como alcohol, cerillos y unas botellas de aerosol.

Fue el séptimo día cuando se desató el Infierno. No había nada extraño en mi casa cuando llegué. Ni un solo sapo ni la más leve mota de moho negro. Pero más tarde, en la noche, poco antes de dormirme, escuché un ruido extraño. Se escuchaba como una gotera, como una gota de agua cayendo en un cuenco de metal. Solo que el sonido parecía estar amplificado, metálico, hueco, cavernoso. Sonaba cada tres segundos.

Me dirigí al baño pues los ruidos parecían venir de ese lugar. Pero en el momento
que estuve casi frente a la puerta, el ruido cesó.

De cualquier forma, decidí entrar, ya que me pareció que algo no marchaba.
Adentro del baño, sobre el lavamanos, me esperaba un repugnante sapo negro. Me miró
directo a los ojos en cuanto entré, en actitud retadora.

No puedo negarlo, me sentí lleno de asco y terror. Un sapo así de negro no podía ser
natural. Porque era algo negro como la pez. Como si hubiera un agujero profundo en
ese lugar. Y sus ojos, dos brillantes esferas rojas, encendidas como brazas de
carbón, tampoco podían ser considerados como naturales.

Además, yo tenía la certeza de que ese día, las cosas iban a ser distintas. Sabía
que en esa ocasión, la cosa no se iba a quedar allí contemplándome, sabía que me iba
a atacar. Sin ningún preámbulo, ese espantoso sapo negro saltó hacia mí.

Pero en esta ocasión, yo estaba listo para enfrentarlo. Muy bien sabía que tarde o
temprano esas cosas comenzarían a jugar rudo. Y yo no estaba dispuesto a quedarme
atrás.

Di un paso al frente con la pierna izquierda y empujé al sapo con ambas manos a la
altura de mi pecho, lanzándolo al punto de donde partió y estrellando su cabeza
contra la llave.

En ese momento me percaté que sería inútil usar agua. Esa cosa era un sapo (o al
menos lo aparentaba), así que sería inútil mojarlo. Así pues, el fuego era mi opción.

Corrí hasta donde estaba el aerosol (que era un desodorante, el más concentrado de
alcohol que pude encontrar) y utilicé un encendedor para producir la llama.
Erré mis primeros dos ataques con el improvisado lanza llamas debido a que el sapo
se movía con la destreza característica de su especie, aunado a que yo no soy
precisamente un experto en armas de fuego. Pero con el tercer ataque le acerté de
lleno. Creo que vacié casi todo el frasco, pero el sapo se retorció de dolor y saltó
al escusado apagando su cuerpo. A continuación saltó, se volvió una masa de limo
negro y se escurrió por la coladera antes de que yo pudiera darle alcance.
Me sentí victorioso después de ese encuentro, pero ignoraba que ellos no habían
hecho más que empezar.

Los oí cantar en la sala y me dirigí para allá con el aerosol en la mano, pero me
detuve pues si lo usaba allí, corría el riesgo de quemar toda la casa. Dejé la lata
y tomé una escoba pues eso ya me había funcionado antes y me dirigí a la sala.
Había un total de doce sapos. Tenían los ojos encendidos como el sapo negro del
baño, pero sus colores eran verdes claro y oscuro.

Corrí hacia donde estaban ellos en cuanto los vi y ataque al más cercano lanzándolo
contra la pared.

No pude ver si el golpe le afectó, ya que al menos seis sapos más se lanzaron contra
mí al mismo tiempo. Dos de ellos se estrellaron contra mi pecho, logré evadir a dos
y los restantes me mordieron.

Era extraño pues no sabía que los sapos mordieran, pero estos me produjeron heridas
sangrantes. Lleno de ira, aplasté a uno de ellos de un pisotón y seguí lanzando
golpes con la escoba a diestra y siniestra. No tengo idea de cuanto duró aquello,
pero recibí varias mordidas y en cierto momento, pude ver que las malditas masas de
barro se escurrieron por debajo de la puerta.

Más mi alivio duró muy poco, porque quince minutos después, los sapos se pusieron a
cantar afuera de mi casa. Pero no eran los doce sapos contra los cuales estuve
luchando, ya que podía escuchar al menos a unos cincuenta y así estuvieron toda la
noche, sin darme descanso.

El día siguiente fui a que un médico me revisara las heridas. Durante la noche
anterior, me las había limpiado con alcohol y les puse unos vendoletes, pero no
quería que se infectaran, así que fui a que me revisaran.

El médico insistía en que le dijera como me hice esas heridas y yo le dije que
aunque se lo dijera, no iba a creerme. Sería una locura decirle que me mordieron
unos sapos capaces de transformarse en masas móviles de limo negro y posiblemente
descendientes de Tsathoggua.

Finalmente, y después de mucho insistirme, dejé que me tomara un par de fotos de las
heridas y después de eso, comenzó a curarme.

Más tarde, fui a casa de una amiga y allí dormí un buen rato, después comí y fui a
comprar unas cosas que sabía que iba a necesitar. Una hora antes del anochecer,
volví a mi casa.

Tuve mucho trabajo. Para empezar, saqué todas las cosas de mi recámara y las puse en
la sala. Sellé la puerta del baño con cinta de fibra de vidrio y preparé mi arsenal.
Tenía unas cinco bombas "Molotov", los aerosoles, las botellas de alcohol, unas
antorchas y cinco de esos sopletes desechables que consisten en un cilindro con gas
al que se le enrosca una boquilla.

Los estuve esperando al menos dos horas. No sentía sueño porque ya había dormido, y
dudo que el miedo que sentía me hubiera dejado dormir.

Lo primero que escuché, fue a los sapos cantando. Supe que estaban en la sala, pero
esta vez no fui por ellos. Me quedé allí y no prendí el soplete sino hasta que vi al
primero de ellos cruzar la puerta.

Cuando se juntaron varios en la puerta, les lancé una bomba "Molotov" y con
satisfacción pude verlos arder.

Pronto llegaron más y al cabo de un rato había agotado las bombas y un par de
sopletes. Ellos también habían logrado herirme al menos unas cinco veces, pero en
esta ocasión, mi estrategia se impuso y al cabo de una hora, ya había agotado todos
los sopletes, los aerosoles y el alcohol, así que combatía con una antorcha en cada
mano.

Finalmente, para mi alivio, vi escapar tan solo a un par de ellos.
Me sentía extenuado, así que apagué las antorchas, me acosté en el suelo y me quedé
dormido.

Hoy en la mañana, cuando desperté, pude verlo. Estaba a un par de metros de mí,
viéndome fijamente.

Era de nuevo un sapo negro. Oscuro como un pozo sin fondo. Con dos ojos saltones,
rojos, encendidos y brillantes. Tenía la más horrible expresión que hubiera yo visto
en animal alguno.

Pero no era el que me había atacado en el baño. Éste medía (encogido tal como
estaba) por lo menos setenta cm del suelo a la cabeza y poco más de un metro de
ancho.

Hasta este momento no me ha atacado. Ni siquiera se ha movido de allí.
Pero, ignoro el porqué, me ha obligado a escribir esto. Tampoco sé como me controla,
pues por más que me esfuerzo, solo puedo hacer lo que él ordena. No tengo idea de
lo que pretenda hacer, pero es posible que no tarde en saltar contra mí y devo

Nota del periódico local:

El médico del mencionado desaparecido mostró a la policía unas fotos que tomó del
cuerpo de la víctima poco antes de su extraña desaparición. Las fotos parecen
confirmar el delirante relato que la policía encontró en el domicilio del
desaparecido.

Envíame! Vótame! Comparteme!

 

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