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EL JUEGO

Hacía un mes Mi Amigo y yo habíamos hecho una apuesta: él aseguró que era incapaz de reprimir mi obsesión por las apuestas, yo afirmé rotundamente que podía dejar tan reprochable vicio cuando quisiera. En caso de que él tuviera razón, debía pagarle un euro; por el contrario, si estaba yo en lo cierto, sería yo quien recibiría el dinero. La apuesta era válida hasta pasada la noche del treinta y uno de octubre; eso es, Halloween, la prueba definitiva de que era capaz de controlarme. Mi Amigo sabía mejor que yo mismo que iba a requerir un gran esfuerzo por mi parte el rehusar participar en la apuesta más fascinante de todo el año, preparada, únicamente para aquella macabra noche por un grupo de adictos a lo que llamábamos El Juego. Éste consistía en elegir a uno de nosotros, por sorteo; el afortunado estaba obligado a asesinar al primer niño que llamara a nuestra puerta. El reto era acertar si se atrevería o no a hacerlo.

No entiendo muy bien qué pretendía mi amigo con aquello. ¿Vencer al vicio por medio del vicio? No sé. A mí se me antojaba muy extraño, pero nunca se me ha dado muy bien pensar. Él era más inteligente que yo, siempre lo había sido, y a menudo lo había usado en mi contra; mas no se lo reproché en ninguna ocasión. Éramos un equipo; él la cabeza, yo el cuerpo. La razón y la fuerza.

Como es lógico, acepté la apuesta. Con tal de ganarla y conseguir el preciado euro de premio recurrí al eficaz método de abandonarme a los vicios para olvidar mi obsesión. Me entregué al tabaco, al alcohol y, para contrarrestar con un poco de ejercicio los efectos nocivos de los citados vicios, también me aficioné a los burdeles. Dejarme dominar por esos vicios, o placeres, según se mire, era fácil, pero no estimulante; gozoso, mas breve; perseguía yo un ritmo de vida alocado, basado en la simplicidad y la fugacidad del momento. No obstante, me acosaba constantemente la necesidad de ponerme a prueba, de excitarme y apasionarme como sólo era capaz apostando.

Emborracharme era, sin duda, el mejor modo de huir de esa exigencia. Cuando bebía podía evadirme y no pensar en mi anhelo profundo. El tabaco, por el contrario, no funcionaba. No me relajaba ni servía como fuga, ni siquiera me causaba placer, sino que su olor me resultaba molesto y me provocaba irritación, induciéndome a un proceder mezquino y violento. Poco faltó para que me enzarzara en una pelea con mi amigo cuando vino a visitarme; quería persuadirme para que faltara a mi palabra, por lo que mi reacción no fue precisamente modélica. Antes no perdía así los nervios. Yo, en verdad, era una persona muy tranquila y pacífica. El asesinato sólo me estimulaba si había apuestas de por medio; si no era así, escapaba a mi comprensión los motivos que impulsaban al crimen, no entendía el por qué de ese acto de locura y desesperación.

El otro vicio que escogí como sedante para mi ansia, los prostíbulos, también cumplieron su función, al menos durante un cierto tiempo. El sexo me agotaba. Además, siempre quedaba en la recámara el recurso de hablar con las prostitutas, actividad que me proporcionó horas de agradable evasión y me ayudó a comprender que las penalidades que estaba sufriendo no respondían al capricho del destino sino a una necesidad lógica, fortalecedora. Compartir mi tiempo con otras personas marginadas por la sociedad me aproximaba a la comprensión: ellos eran los enfermos, los adictos, no nosotros. Nosotros dependíamos de nuestros placenteros vicios, ellos de sus represoras leyes. ¿Quién necesita la felicidad de una vida controlada por otros y de fingido orden pudiendo someterse a la banalidad del placer fugaz y adictivo?

Una de las prostitutas con las que me relacioné me narró una breve historia que ilustra a la perfección esta idea de la liberación e independencia del repudiado. Mientras ella y una compañera buscaban clientes, pasó por su lado una mujer gorda, vestida con elegantes ropajes y suntuosas joyas, y acompañada, o más bien escoltada, por dos hombres jóvenes y apuestos. La oronda mujer le dirigió una mirada de repugnancia y reproche, se aferró con fuerza a sus acompañantes y huyó de allí tan rápido como sus pesadas carnes le permitieron. Esto es algo que nunca podría sucederme a mí, porque yo no dependo de ellos ni me preocupo por causarles una buena impresión; sin embargo, ellos, la gente acomodada e integrada, viven siempre de la apariencia, de cara a la vida pública. Y dependen mucho de nosotros; los hay incluso que sienten compasión por los solitarios lobos de las cloacas. Este pensamiento alentador se convirtió en mi Biblia durante las dos primeras semanas del suplicio.

Una noche vino a verme uno de los adictos a El Juego: Jorge, el llorón, con quien personalmente nunca trabé mucha amistad. Se puede decir que había cierta tensión entre nosotros, acentuada por lo reducido de nuestro grupo; de ser posible, evitábamos pedirnos favores. Su actitud débil y sumisa me irritaba; se refugiaba siempre tras alguien fuerte que pudiera protegerlo, como un perro fiel a su amo, a diferencia de que su fidelidad no resultaba ser tal. Mi mayor temor era que, en un momento de descuido, encontrara a alguien más útil para satisfacer sus necesidades y nos diera la puñalada trapera. Llegué incluso a instar a Mi Amigo para que se deshiciera de él, pero éste, como un padre atento, era quien ejercía de señor y protector de la débil criatura; en ocasiones también Andrés desempeñaba esa función, mas, como en él se podía confiar aún menos, el llorón solía buscar cobijo en Mi Amigo.

Mantenía aventuras sexuales, que él llamaba romances, con prostitutas y millonarias sin sentir aparente predilección por ninguna de ambas clases de mujeres, aunque yo siempre intuí que con las ricas podía interpretar mejor su papel de llorón sumiso y complaciente. De estas relaciones, una vez terminadas, surgía la tragedia en forma de llanto descontrolado y repulsivo, propio de un culebrón televisivo. Un chico insoportable.

El caso es que el llorón debió pensar que aquella era la oportunidad idónea para olvidar nuestras diferencias y decidió llevarme a conocer a unas "amigas suyas", a las que, según sus propias palabras, tenía en alta estima. Vagabundeamos gran parte de la noche hasta encontrarlas y realmente lamenté que finalmente lo lográsemos. Traté de hablarles sobre mi teoría de la marginación y las adicciones, pero no parecían comprender ni una palabra; y cuando al fin conseguí que comprendiesen, tuvieron la osadía de decirme que no compartían mis ideas. Es más, convencidas de que intentaba justificar mis vicios, me preguntaron si era "yonqui". Esta acusación, pues tal ofensa sólo puede considerarse como tal, me irritó profundamente y me marché sin importarme la sorpresa de las dos mujerzuelas. El llorón me suplicó que me quedara, viendo cómo su posibilidad de enredarme fracasaba; pero le ignoré. De camino a casa, me poseyó la necesidad de enterrar en el olvido la humillación que acababa de sufrir, y sentí un ansia terrible de apostar.



Sin embargo, y aunque no desee admitirlo, tal vez aquellas duras palabras provocaron un efecto inesperado en mí, pues a la mañana siguiente desperté con la horrible sensación de que mi vida andaba desencaminada. Se apoderó de mí un vago sentimiento de terror, que, conforme transcurría el día, se fue concretando en una sensación de desamparo y soledad. Me percaté de que apenas podía controlar mis ansias de apostar y, como iluminado por una nueva luz que me guiaba, deseché las reflexiones de las anteriores semanas y me prometí convertirme en un hombre recto, con un trabajo decente, amante de mi hermana, la humanidad, y solidario con los necesitados. Debía predicar el amor al prójimo.

Salí a la calle y sentí que me embargaba la euforia de un hombre contento y feliz porque sabe que va a prestar ayuda de manera incondicional y está en armonía consigo mismo. Me sentía renovado por un insólito optimismo. En el parque, entre el griterío de niños revoloteando, joviales, vislumbré una figura que se paseaba repartiendo amor, conversando con éste o con aquél, inculcando en sus mentes el bien del virtuoso y la palabra de Dios. Al acercarme al buen cura, el hombre me miró con desconfianza, debido, supongo, a mi mezquino aspecto; pero, puesto que hice gala de buenos modales, suavizó la expresión de su rostro y se mostró afable.

-Luego vendrás a confesarte, hijo mío -le dijo a un niño.- Ahora ve a crear lazos de amistad con los buenos cristianos.

Los curas, como los perros, tienen un olfato muy desarrollado para detectar los problemas y distinguir a los hombres perdidos en la senda del pecado. A ello, probablemente, debo atribuir el moralizante y enérgico sermón con que tuvo a bien obsequiarme. No obstante, allí delante del que, en teoría, era un modelo a seguir en esta nueva y virtuosa vida que me proponía llevar, me comenzó a inquietar la dura tiranía del aburrimiento y el hastío; poco a poco, retornaron a mí las reflexiones del día anterior y sentí que estaba siendo engañado por aquel falso santo. Decidí cortar por lo sano:

-Yo peco mucho, padre.

-Pero aún estás a tiempo de arrepentirte y entregarte a Dios. Él predica el perdón. Además, que estés aquí, que te hayas presentado ante mí para que poder acercarte a Él dice mucho en tu favor.

-¿Usted cree que nos observa?

-Él siempre vela por nosotros.

-Entonces le envidio, padre. Violaciones, asesinatos, guerras... Dios se lo debe pasar de puta madre en el cielo.

No le debí caer simpático, pues dio media vuelta y se alejó por donde había venido, murmurando no sé qué perorata religiosa. Una cosa de muy mal gusto. Costumbre de los perros de Dios.

Cuando se marchaba, por poco tropezó con un niño afanado en entretener a su perro. El chiquillo parecía haberse confabulado con el cura para amargarme la mañana: se arrastraba por el suelo; profería gritos dañinos para los tímpanos; gesticulaba de manera exagerada; y reía falsa y tontamente; todo ello, como piezas de un mismo puzzle, componía un cuadro vergonzoso que ponía de manifiesto un carácter de una debilidad alarmante y cómico hasta el ridículo. Resultaba irritante, por lo que me vi obligado a huir de aquel lugar antes de decirle cuatro verdades al mocoso. Yo de niño no era así.

¿Y ahora qué? Sentía crecer el ansia en mi interior; había fracasado el intento de abandonarme a los vicios y había fracasado, también, el de escapar de los ambientes sórdidos por los que solía remolonear. Era como si el destino me empujara hacia lo inevitable. Cuanto más intentaba dominarme, más hondo caía, más negro se hacía el agujero en que me hallaba inmerso. Cada método por el que apostaba, me conducía al hastío y me sumergía de nuevo, y con mayor intensidad, en el pozo del deseo.

Comenzaba a preguntarme si todo aquello tenía algún sentido. Sabía que era presa de mi vicio y sabía que era absurdo, pero ahora más que nunca dudaba de si merecía la pena librarme de él. Requería demasiados sacrificios. Y además, ¿qué ganaba con ello? Todo cuanto tenía y me importaba giraba en torno a ese mundo. Si me alejaba de ello, sólo quedaba partir de cero, empezar una nueva vida entre esa gente sumisa, tan adicta a su sociedad como yo a mi pasión.



Aquella noche, sumido ya en la más absoluta desazón, me visitó un amigo: Andrés. Andrés era un tipo gordo, patoso y bocazas que detestaba el ejercicio físico y mental. Entendía la vida como algo odioso de lo que debía huir; su pesimismo le había conducido a la marginación y a los vicios, que para él no eran placer, sino alivio y evasión, la única manera de escapar del horror que suponía su vida. En su trato con las personas era huraño, mezquino, pues definía la amistad como un estado cercano a la estupidez en el que sólo se dejan atrapar los tontos y los ingenuos. A pesar de ello, seguía participando en El Juego como uno de los miembros más activos, aunque, eso sí, puesto que solía perder, aportaba más penas y quejas que alegrías.

Me propuso acompañarlo a una cita con un grupo de alemanes, nuevos en el barrio, en los que no confiaba. Le pregunté por qué, en ese caso, apostaba con ellos; pero no respondió. Lo hacía a menudo. Pese a su pesimismo absoluto ante lo que la mayoría de la gente llama amistad, a menudo pedía tu confianza ciega en relación a ciertos asuntos. En un principio, debido a mi abatimiento, me negué, por lo que, a modo de venganza, instaló su oronda masa corporal en mi sillón y aseguró que no desalojaría hasta ver cumplidos sus deseos. Temiendo por la integridad de mi mueble predilecto, no me quedó más opción que acceder a su ruego, aún después de protestar y amenazarlo. Así, pues, mi grueso compañero y yo nos sumergimos en un mar de pestilentes aguas, hogar de la basura ciudadana de nuestra modélica urbe, ese lugar que era el único capaz de proporcionarnos seguridad. Más allá de sus fronteras, se hallaba un mundo peligroso y desconocido del que nada deseábamos saber.

Los alemanes resultaron ser una gente muy pacífica, pero el trato con Andrés siempre era complicado, y más al ser ellos nuevos en el barrio. Todavía no estaban al corriente de la mala leche de mi amigo y de sus pequeñas trampas, que los demás aceptábamos ya por costumbre. A menudo le advertíamos que intentará reprimirse con los extraños, pero él no temía ni respetaba a nadie, casi podría decirse que disfrutaba provocando y buscando el peligro. En el fondo, todos estábamos convencidos de que algún día moriría en una reyerta, incluso compartimos nuestras preocupaciones con él en más de una ocasión. De nada sirvió.

Por suerte para mí, no era ese día en el que se cumpliría al fin nuestra predicción. Pude intervenir y poner fin de manera pacífica a la disputa. O así fue en apariencia, al menos, pues Andrés se encolerizó conmigo por haber dado crédito a las, según él, falsas acusaciones de los alemanes. De vuelta a casa, profirió cientos de amenazas y promesas sobre lo que les sucedería a esos mentirosos si se cruzaba con ellos por la calle. No le presté demasiada atención a sus divagaciones, hastiado como estaba, pero la discusión había devuelto a mi sangre las ansias de apostar y la fiebre del juego recorría mi cuerpo. Con mayor fuerza todavía, el vicio me tentaba, como si cada acción que emprendía fuera una etapa cuyo desenlace sería el descenso a los infiernos. Primero el alcohol y las putas, después el cura y el niño, ahora Andrés y las apuestas; prueba tras prueba, cada una de ellas, por mucho que pareciera servirme como medio de evasión, me empujaban hacia El Juego, la prueba definitiva y con toda seguridad la razón de mi fracaso. Lo intuía, pero no podía evitarlo.

Al fin llegó Halloween, la temida fecha. Esa mañana desperté con una extraña sensación de congoja y alivio a la vez. Sentía que toda mi existencia giraba en torno a ese día y no había nada más. El todo o nada. La victoria o la derrota. No estaba seguro de cuál me convenía más, pero tampoco tenía sentido divagar sobre ello; pasase lo que pasase, ya no tenía alternativa, los senderos posibles se habían reducido a uno solo: esa noche.

Fui incapaz de negarme cuando mis amigos llamaron a la puerta, casi suplicándome, argumentando que yo, fundador y máximo promovedor de El Juego, no podía faltar. También fui incapaz de rechazar cuando insistieron en que jugara. Andrés, el obeso, me dijo, o más bien insinuó, que ese año habría novedades, apasionantes nuevos retos, más estimulantes si cabe que los viejos.

Acudieron a recogerme los cuatro amigos de siempre: Andrés, el gordo, a quien ya he presentado; Pedro, el drogadicto; Jorge, el llorón, a quien el lector ya recordará; y, por supuesto, omnipresente, rostro burlón, sonriente, Mi Amigo, el de la apuesta.

Pedro, el drogadicto, era propenso a las pastillas; ignoro cuántas tomaba al día, pero sé que consumía más de las que confesaba, y lo hacía, según sus propias palabras, porque "le ayudaban a funcionar". En verdad, esta afirmación, en apariencia descabellada, cobraba sentido al verlo actuar en el día a día. Para cada acción que emprendía, incluso una tan sencilla como dormir o ducharse, tomaba una pastilla, como una pila que necesita energía para funcionar. Era una persona muy alegre, incapaz de permanecer tranquila, de estar enojada o triste, debido, sospeché siempre, a los antidepresivos que consumía, por lo que muchas veces íbamos a visitarlo cuando la vida se ponía cuesta arriba. Sin embargo, esta jovialidad innata lo hacía poco apropiado para tratar cuestiones delicadas, solucionar problemas o provocar enfrentamientos, actividades frecuentes en un barrio como el nuestro. Algunos incluso lo tachaban de cobarde por esta pequeña debilidad, que, desde mi punto de vista, compensaba sobradamente con su simpatía.

Por último, estaba Mi Amigo. Nadie conocía su nombre real y, en verdad, nadie se preocupó jamás de preguntárselo o averiguarlo por otros medios. Le aceptábamos tal como era por su inteligencia y capacidad de manipulación. Aún siendo nosotros los manipulados no podíamos reprochárselo, pues a menudo era mejor antidepresivo que las pastillas de Pedro, el drogadicto, y sus bromas pesadas siempre resultaban ser, finalmente, inofensivas. Poseía mayor ingenio que el resto del grupo junto y esta cualidad más de una vez nos libró de situaciones peliagudas. Además, de nada sirve negar la fascinación que despertaba en nosotros su personalidad, a excepción, claro, de en el obeso, Andrés, incapaz de fascinarse por nada. Incluso lo obsesivo y retorcido de su comportamiento nos apasionaba. Reflexionando ahora que poseo una visión más objetiva, o al menos no tan subjetiva, creo que, al contrario de lo que nos parecía entonces, ninguno del grupo lo conocía de verdad. Curiosamente, el tiempo lo ha desmitificado. Los días en que lo creíamos el hombre más siniestro que habíamos conocido se han esfumado y lo lejano de aquellos sucesos me permiten considerarlo uno más del grupo, y no el líder o el más peligroso. Sólo era un hombre que jugaba a ser un dios.

No obstante, he de señalar que aquella noche la idea que tenía de él era muy diferente; le profesaba un gran respeto, y no sólo por las leyendas que circulaban sobre él, sino porque se esforzaba en que así fuera. Cada gesto, cada movimiento, cada palabra... todo estaba calculado para provocar un efecto determinado en los demás. Su mente cuadriculada preveía las consecuencias de sus actos antes de ejecutarlos y sólo así podía mantener viva su leyenda.



Pero, puesto que no deseo irme por las ramas, regresemos al momento de la acción. Cuando llegamos a la casa donde nos reuníamos habitualmente, Pedro me apartó un momento de los otros y, no sin antes tomarse un par de pastillas, me dijo:

-Amigo, esto que haces no tiene sentido. Deberías dejar de torturarte de esta manera. Mírame a mí; soy adicto a las pastillas, y lo admito, y lo acepto. ¿Por qué? Porque no hay nada de malo en ello; me "ayudan a funcionar" igual que a ti te ayudan las apuestas. Es un estilo de vida. No puedes cambiar lo que eres.

“Piensa en esa gente integrada y decente. ¿Crees que ellos no son adictos a sus leyes y a su sociedad? Claro que lo son. Cuando uno de ellos depende de algo, si esa adicción es beneficiosa para los demás, la llaman "dedicación" y aseguran que ese adicto es una persona generosa y comprometida con la sociedad. Pura mentira. Cuando uno de nosotros, por el simple hecho de no compartir sus valores, se entrega a algo, entonces lo llaman "vicio". Pura mentira. Entre ambos conceptos se halla la "obsesión". Se denomina "obsesos" a aquellas personas, que, aunque no realizan tareas beneficiosas para los demás, tampoco perjudican. Pura mentira.

“Todo se reduce a lo mismo: simple y pura adicción. El resto es pura mentira, pura hipocresía. Sólo es pura adicción, pero le dan éste u otro nombre según concuerde o no con los valores que predican. No te dejes enredar por esas mentiras.

Sin darme tiempo a responder o reaccionar siquiera, el drogadicto dio media vuelta y se unió al grupo.

En aquel momento, me explicaron que la innovación de El Juego era matar, en lugar de al niño de turno, a Mi Amigo. Es imposible describir la gran sorpresa que me causó esta revelación. Lo miré y en su rostro vi una de sus maliciosas y desquiciantes sonrisas. Otra de sus bromas pesadas, pensé. Obviamente, nadie, ni siquiera yo mismo, pensaba que me atrevería a hacerlo; una mala pasada para reírse de mí. De hecho, incapaces de contenerse, ya oía yo sus carcajadas, las de los tres (el obeso nunca reía), resonando en mi cabeza como cantos diabólicos.

Ellos ignoraban los sucesos acaecidos desde la apuesta con Mi Amigo. No sabían cuántas penurias había tenido que pasar, así que decidí que lo comprendiesen de la manera más brutal que podía concebir: matando a Mi Amigo. Así con fuerza un objeto contundente, de hierro, próximo a mí y, antes de permitirle reaccionar, le golpeé en la cabeza con tanta rabia que no tardó en chorrear la sangre cual fuente de orina. Murió. Y Gané ambas apuestas. Y lo que es más importante, mi amigo se equivocó. Su error fue mi triunfo, el primero sobre él.

Los otros tres permanecieron inmóviles, la sorpresa reflejada en sus rostros, pero no osaron socorrerlo. Poco a poco, comenzaban a asimilar que, por primera vez, yo había vencido.

Antes de morir, el rostro de Mi Amigo se torció en una macabra mueca, lo que parecía ser un intento de sonrisa. Con voz débil, susurró:

-Nunca imaginé que mi vida valiese un euro, una careta de Freddy Kruegger y un mes de alcohol, tabaco y putas.

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