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EL ENTIERRO

No negaré, pues este diario fue iniciado para consignar la realidad de mi misión, y no fábulas que agraden a los oídos necios, que la llegada a Saint Sulpice ha sido dura y decepcionante a partes iguales. La que figura como misión en los anales de nuestra orden no es más que una aldehuela sucia y descuidada por la que vagan impúdicos salvajes desnudos.

El padre Agustino, a quien tomo el relevo de la congregación, es un viejo nervioso y pusilánime que no ha conseguido transmitir la energía que requieren estas infantiles criaturas. En vez de utilizar su autoridad para construir una iglesia decente con la que sustituir la choza infecta que se utiliza ahora, se ha dejado embaucar por los cuentos de sus lugareños. No hay cultivos, no hay canalizaciones de agua, no hay mejora alguna. El único signo de la llegada del Cristo a estas tierras es una basta cruz de madera, en la que suelen encaramarse los monos sin que a nadie le importe tal irreverencia, y los dos novicios que asistían al viejo padre Agustino, dos salvajes que, al menos, hablan con ingenio, si bien no con corrección, un patois bastante similar al francés de las antillas.

Del propio padre Agustino sólo he recibido un único consejo, desconfiar de los monos, y una recomendación que, por supuesto, desoiré: no inhumar a los muertos, sino continuar incinerándolos. Reconozco que he sentido un gran alivio al embarcar al viejo misionero rumbo a Manila. Espero que las hermanas de la Compañía de María puedan dar reposo a su perturbado espíritu.

François cerró, algo abatido, el diario en el que iba consignando su labor misionera. Sí, ciertamente Dios le ponía a prueba con aquel nuevo destino. El religioso frisaba ya los cuarenta años y veía sus fuerzas menguar. A largo término, sabía que terminaría como el propio padre Agustino, reducido por las fiebres y la tensión a un vulgar viejo supersticioso. Al darse cuenta de su dureza, se santiguó por el poco pío pensamiento y se levantó dispuesto a emprender con energía su trabajo.

Lo primero, pensó echando un vistazo al irregular conjunto de chozas embarradas que le circundaban, sería la iglesia. Pero no el edificio en sí, sino mostrar con un gesto que la llegada de Cristo había sido efectiva. Aquellos salvajes necesitaban un punto de referencia a partir del cual construir su futuro. Y ése no sería una cruz que sirviese de palo de gallinero a los monos. Un oficio solemne sería un comienzo mucho más efectivo.

Era por ello que, escasamente había despedido al padre Agustino, François había encomendado a sus novicios construir una cerca alrededor de la cruz. Aquello no impediría a los monos llegar hasta ella, pero demarcaría el recinto sacro, un recinto que se cimentaría sobre lo más sagrado: las tumbas de los primeros conversos. Tomando la idea de las viejas catedrales europeas, enlosadas con las lápidas de los obispos de siglos y siglos, había concebido aquel ingenioso plan. Por un lado le permitiría desterrar aquella bárbara tradición de incinerar los cuerpos para que los “demonios del bosque” pudieran llevarse a los espíritus convertidos en humo; por otro lado, daría unos impactantes cimientos al templo, el cual sería su segundo objetivo.

Desde su improvisado escritorio, que no era otra cosa que una caja con enseres que había traído de su anterior destino, llamó a uno de los novicios, quiénes ya terminaban de levantar la cerca del recinto con cañas de bambú.

-Domingo –le dijo al salvaje- esta tarde enterraremos al hombre que murió ayer en la jungla. Será una gran ceremonia, y tú y Santiago vestiréis túnicas blancas. Ahora tenéis que hacer una zanja bajo la cruz.



El joven indígena asintió durante la perorata del misionero, pero cuando terminó le dijo, para su sorpresa:

-No zanja.

-Domingo –volvió a decirle François en el tono conciliador que se usa con un niño poco despierto- esta tarde oficiaremos el enterramiento bajo la cruz. Por eso necesito que hagas una zanja.

-No zanja –insistió el joven con obstinación. Luego hizo gestos como si arañara algo para completar su explicación:- monos tomar muerto.

“Monos del Diablo”, pensó el misionero, “tal vez el padre Agustino no andaba tan desencaminado.” ¿Qué podría hacer para evitar que los monos desenterraran el cadáver? Sería muy perturbador para todos si algo así ocurría, y sabía que los monos eran muy capaces de llevar a cabo tan macabra empresa. Si algo tenían aquellas bestias, era determinación.

-Usaremos piedras –indicó magnánimo retomando la idea de las catedrales europeas.- Cubriremos los cuerpos con losas y piedras. Dile a Santiago que te ayude a traer piedras de la jungla.

Domingo le dedicó una gran sonrisa y después, entre risitas, comunicó al otro novicio la determinación del misionero. Éste les observó reírse entre dientes, pero, aunque no entendía por qué lo hacían, decidió no darle importancia.


La tarde discurrió pesada, húmeda. La inspección del resto de la aldea no mejoró el humor de François. Los indígenas se habían contentado durante generaciones con vivir de lo que daban los árboles frutales y el propio río, en el que pescaban, desnudos, valiéndose de largas lanzas bifurcadas. No eran gentes industriosas ni trabajadoras, sino más una cuadrilla de haraganes. Un pensamiento le asaltó varias veces durante esa jornada: los omnipresentes simios que compartían el territorio parecían mucho más despiertos y trabajadores que los propios hombres. Sí, se dijo, Dios le ponía a prueba.

Cuando ya iba a caer la noche, tras inspeccionar el montón de piedras negras que habían recolectado Domingo y Santiago, François volvió a la choza que había alojado al viejo padre Agustino y se vistió con la ornamentada sotana para oficios solemnes. Luego fue el turno de sus novicios, que le asistirían durante la ceremonia ataviados con casullas blancas. Éstos parecían inquietos y no dejaban de reírse, lo que le resultaba francamente molesto. Al final, les amonestó seriamente antes de salir a oficiar. Después de todo, era importante dar una buena impresión a los aldeanos.

Como había previsto, su reprimenda caló hondo en los pueriles espíritus de los indígenas y éstos se mantuvieron tranquilos durante toda la ceremonia, la cual, por otro lado, tampoco fue todo lo solemne que él hubiera querido. Entre la desordenada multitud que le observaba curiosa, riendo entre dientes y meneando la cabeza con escepticismo, se veían numerosos monos. Paradójicamente, éstos observaban con gran seriedad, muy quietos, las evoluciones del sacerdote.

Terminado el oficio, que François tampoco quiso prolongar demasiado a causa del calor, los tres religiosos cubrieron el cuerpo del difunto con las rocas traídas de la jungla. Algunas eran pesadas y su manejo resultaba aparatoso, por lo que la solemnidad del momento terminó de diluirse. Por otro lado, se dijo el misionero, los comienzos siempre era difíciles y, además, la base creada con aquel sepulcro sería un sólido pilar para la iglesia que pensaba erigir.

Finalmente, tras una plegaria a la que los indígenas no prestaron mucha atención, la comitiva se dispersó para pasar la noche. François, algo irritado, y en parte intrigado, llamó a Domingo a su lado.

-Dime, Domingo, ¿por qué los hombres de la aldea movían la cabeza? –le preguntó en relación a aquel gesto escéptico que tanto se había repetido durante el sepelio.

-Piensan en monos –dijo el muchacho señalando a los simios que todavía aguardaban, sentados, en torno a la cerca.- Monos no gustan hombres enterrados –añadió repitiendo el gesto de arañar.

-Los monos no moverán las losas; son demasiado pesadas –replicó el misionero, irritado, antes de retirarse, sin más saludo, a su choza.




El calor aquella noche era opresivo. La gran humedad ambiental hacía difícil respirar. Conocedor del clima de los trópicos, François decidió dormir en el camastro de cañas trenzadas del viejo padre Agustino. Sabía que en su hamaca, aunque estaría más protegido de víboras e insectos, se sentiría agobiado por el calor.

François era un hombre con tendencia a sofocarse en sueños, a verse asaltado por pesadillas. Como fascinado mórbidamente por esta afección, había estudiado profundamente las connotaciones de los vocablos con los que se designaban, desde el íncubo italiano, de claro significado, al nightmare inglés. Siempre había creído que significado y significante guardan claves ocultas, y en castellano esto se le aparecía con la mayor claridad: pesadilla era la definición más clara de sus terrores nocturnos. Sin duda los hispanos habían encontrado la palabra clave para designar su afección, que siempre se traducía, por muy colorido que fuera el sueño, por una opresión sobre el pecho, un peso muerto, el peso del íncubo que perturbaba su descanso.

Aquella noche, como cabía esperar a causa del calor y de las fuertes impresiones de la jornada, tuvo malos sueños desde que cerró los ojos. En ellos, los simios de la aldea estaban vestidos con sotanas y casullas, pero aunque aquello le llenaba de indignación, no conseguía reunir valor para protestar. “Debo respetar mi voto de obediencia”, pensaba inmerso en la pesadilla, observado por los ojillos brillantes de los simios, “si la Santa Sede ha decidido ordenarles, ¿quién soy yo para censurar que vistan los hábitos?”.

Sin embargo, a pesar de que se daba buenas razones en la ilógica del sueño, aquella visión le resultaba perturbadora y agobiante. Poco a poco, a medida que más y más monos aparecían vestidos de misioneros, más difícil le resultaba respirar. Al final se dio cuenta de que el motivo era que se seguían subiendo a la basta cruz de madera, a pesar de que ya la habían escalado media docena, y que ésta sangraba.

-¡Bajad de ahí! –gritaba en sueños- Os lo ruego, bajad de la cruz –rogaba sintiendo que, si continuaban así, al final no podría respirar.

Entonces, con la vaga sensación de estar luchando por emerger de la negrura, François abrió los ojos y tomó una gran bocanada de aire. “Una pesadilla”, se dijo al sentir la opresión en el pecho, su pulso acelerado. “Sólo un mal sueño, un íncubo”, se tranquilizó al vislumbrar la techumbre de cañas trenzadas. “Tomaré un poco de aire y todo irá mejor”, decidió finalmente.

Sin embargo, al intentar alzar los brazos, sintió como si una fuerza le empujase hacia el suelo. Se sentía como hundido en el catre, oprimido por las sombras. Intentó alzarse de nuevo y escuchó un sonido áspero, como de una roca deslizándose sobre otra roca. Entonces vio el reflejo de la luna en unos ojillos vivaces y el horror tomó forma.

Una docena de monos le observaba, todos sentados con total seriedad, desde la oscuridad de la choza. Todos en solemne silencio. Entonces, uno de ellos se alzó y colocó otra piedra negra sobre el lecho que ya habían formado sobre el sacerdote. François sintió el peso sobre su pecho y sucumbió al pánico. Le faltaba la respiración, no podía gritar, no conseguía hinchar su diafragma con el aire suficiente para lanzar un grito de ayuda. Con los ojos cuajados en lágrimas, el misionero contempló, sin conseguir recuperar el control de sí mismo, cómo los simios completaban su sepultura, poco a poco, piedra a piedra.

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