Para cuando anocheció, yo ya estaba
observándola. Estaba de nuevo sentada, bebiendo un bloody mary, y jugueteando con un dedo
en el licor. Se veía como ella misma: atractiva, contradictoria y, sin duda, misteriosa.
Volteé a la cara hacia otro punto de la oscuridad. La gente caminaban por las calles
protegiéndose del frío nocturno y de las alcantarillas salía vapor como si el fuego del
infierno ardiese bajo nosotros. Sólo que yo no podía sentir ni frío, no calor, ni nada
más. Sólo ese inexplicable fuego en el pecho cuando la veía.
Y, sin embargo, ella seguía tranquila, sentada ahí.
Sin quererlo, fui volteando hacia ella, otra vez. Era eso. No podía apartarla de mis
ideas, de mis pensamientos, de mis actos. Ella, una mujer mortal. Cada noche pasaba por el
mismo club, se sentaba sola ó se dejaba acompañar por quien anduviese con ánimos de
hablar. Y fue precisamente buscando una víctima que la encontré. No sé si se llama
destino ó azar, pero cuando me paseaba entre el rebaño mortal, fingiendo ser uno de
ellos, caminando como si fuese invisible y casi deslizándome sin ser notado, la vi. Todo
se detuvo durante ese momento y pude olvidarme de mi propia sed.
Ya eran tres semanas de eso.
Cada noche venía aquí, a las cercanías del club, para admirarla por una ventana. No es
que no tuviese lo que hacía falta para acercármele. De hecho, cuando tienes seis siglos
de vida, ya has seducido a una buena cantidad de personas. Pero esto era tan... diferente.
Tal vez me encantaba porque no era un juego. Ella no era la clase de mujer a la que me le
acercaría para entretenerme y luego nutrirme de ella. Ella era perfecta, aún más que
las féminas de mi propia raza maldita. Y lo único que me impedía hablarle era su
condición. Era mortal.
No sabía qué hacer con respecto a eso, pero sin duda era un problema. No podía
acercármele y pretender una relación cuando sólo puedo verla cada noche. ¿Qué tal si
deja de venir al club y no vuelvo a verla? También existía la posibilidad de que
surgieran las dudas dentro de ella e inevitablemente me preguntara sobre mí. Una mujer
como ella no se dejaría sorprender por cosas que las demás no entenderían: por seis
siglos de cabalgar en medio de la noche, de conspiraciones nocturnas, seis siglos de matar
para poder vivir, seis siglos de melancolía. Pero tampoco podría ignorar lo que soy. Tal
vez pudiese explicarle que esto no lo escogí yo, es mi carga, mi condena, yo no pedí
nada así. Entonces ella sentiría algo de miedo por mí. Nada le podía garantizar su
seguridad cuando andaba junto a un ser como yo, que dejó de respirar mucho antes de que
sus propios padres nacieran. E imaginemos que ella no sienta horror ó no desee alejarse
de mí. ¿Entonces qué? Un par de años para estar con ella, verla envejecer y, un buen
día, verla morir. Y, entretanto, yo seguiría igual, con esta apariencia de joven eterno,
de inmortal. ¿Condenarla y hacerla como yo? La mera idea me hizo soltar un quejido en voz
baja. Lo más doloroso era que la amaba. Por eso no podía convertirla en alguien como yo:
esto no es un regalo, no es una bendición. Es soledad y vacío.
Cuando eres un ser como yo, sabes qué es en verdad hermoso y qué vale la pena en verdad,
con sólo verlo una vez. Y yo lo estaba viendo ahora. Tenía miles de preguntas que
hacerle, miles de cosas de qué hablarle y, sin embargo, cuando la veía todo se me
olvidaba. Quedaba reducido a nada cuando ella estaba ahí. Si mi corazón pudiese latir,
habría roto mi pecho. Pero nada de que yo pudiese hacer me podría salvar de mí mismo.
Porque ahí estaba yo, caminando hacia el club, ignorando las gotas de lluvia que
empezaban a caer sobre mi gabardina. Abrí la puerta del club y entré. Un ser inmortal
como yo, que perdía el habla ante una mortal. Si me lo hubiese pedido, habría muerto por
ella esa noche.
De cerca, era brillante, como si estuviese rodeada de aura. Era una mujer fuerte y no se
impresionó por mi palidez cuando llegué a su mesa. Ella levantó sus ojos oscuros hacia
mí, arregló su cabello negro con una mano hacia un lado. Por un momento creí que iba a
decir algo, pero no lo hizo. Miré sus pequeños labios y no hubo ningún movimiento,
ninguna alteración. ¿Alguna vez has mantenido una conversación sólo con miradas? Pues
esto era eso, mucho más poderoso que las palabras, extraordinario y sublime. No sé si se
dio cuenta de que la estaba mirando completamente, grabando en mi memoria cada detalle de
su piel blanca, cada gesto, cada facción. En ese momento, que pudo ser segundos, ó pudo
durar una eternidad, me sentí otra vez vivo. Noté que su ritmo respiratorio empezaba a
aumentar y que se estaba asustando por mi presencia, que no dejaba de ser sobrenatural,
pero cuando iba a decir algo ó a moverse, puse, suavemente, mi dedo índice en su boca.
Al segundo siguiente, mi mano acariciaba su rostro. Ella cerró los ojos con delicadeza,
tal vez dejándose llevar por el momento... o quien sabe por qué. Quise decirle lo mucho
que me conmovía estar a su lado, lo mucho que me enloquecía la idea de perderla y que se
fuese, que ya no pudiese verla más y que se olvidara de alguien que, en realidad, es un
hombre muerto. Pero no quería jugar con el momento. La conversación visual, espiritual,
basada únicamente en sentimientos, pareció hacerse más intensa. Si los ángeles
existen, debían sentirse así... tan cercanos a Dios.
Me levanté de la mesa y salí del club sin dejar de mirarla, con la certeza de que me
seguiría. Y así lo hizo. Me siguió hasta la oscuridad, bajo la lluvia. Su cabello
mojado realzaba su belleza. Caminó hacia mí y nos vimos frente a frente. Estaba tan
llena de dudas, de preguntas, pero no hizo ninguna. Volví a acariciar su rostro y, casi
sin pensarlo, la abracé. Su cuerpo respirante accedió a estar entre mis brazos. Si ella
no sintiese algo ¿Estaría actuando como actuaba conmigo en ese momento? La lluvia
pareció detenerse durante ese abrazo. Las gotas se paralizaron en el cielo, se callaron
las voces y los ruidos de la calle. Éramos sólo ella y yo. Era perfecto. Diez razones
para estar vivo, que se resumían todas a una, que estaba entre mis brazos, protegida de
las gotas suspendidas. Nos separamos del abrazo y, teniéndola así, con su rostro tan
cerca del mío di gracias en silencio por ese momento, un momento que no habría cambiado
por ninguno de los anteriores en 720 años. Sin darme cuenta, una gota roja se deslizó
por mi pálido rostro de mármol. Una lágrima, salida de mi ojo izquierdo, manchada con
el líquido que necesito para despertar, como todos los demás fluidos de mi cuerpo. Ella
tomó la lagrima en uno de sus dedos y sus ojos se bloquearon en los míos. Supe (no
sospeché ni presentí, lo supe) que se sentía asustada y, a la vez, confiada. Como
impulsado por una mano invisible acerqué mi rostro al suyo y terminamos fundidos en un
beso, inmortal, infinito. Habría congelado todo el mundo, toda la historia, sólo para
permanecer junto a ella en ese instante, por toda la eternidad. Cuando mis labios se
separaron de sus suaves labios, deslicé mi boca hasta su oído.
- Te amo..., susurré
Toda mi vida se había reducido a ese momento. Corrí lentamente mis labios hasta su
cuello e, impulsado por la bestia que llevan por dentro los de mi especie, la mordí.
Dio un corto quejido, pero apretó mis brazos con sus manos. Su sangre era como ella
misma, intoxicante, estaba dentro de mí, debajo de mi piel, detrás de mis ojos... en mi
garganta, en mis dedos, en mis labios, adentro de mi pecho. Es trágico tratar de explicar
un sentimiento que no puede ser explicado con palabras. Mi corazón volvió a latir, por
la sangre cálida y dulce de mi amada y nuestros corazones empezaron a latir tras el mismo
ritmo. Hasta que llegó el momento en que el latido de su corazón empezó a debilitarse.
Separé mi boca de su cuello y caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Me maldije por un
momento, con la cara hacia un lado, pero ella me sujetó entre sus manos y me hizo mirarla
a sus ojos hipnotizantes.
- Yo... lo siento much..., empecé a decir
- Shhh? dijo ella
El mundo seguía congelado y no era importante. Era como esas veces en las que sólo
existes tú y esa otra persona. Nada de lo que hubiese pasado más allá de nuestra
cúpula de cristal tenía significado.
- Eres un ángel, susurró
- No lo sé. ¿Son los ángeles incapaces de amar?
Ella pensó la respuesta por un momento.
¿Cuál es la diferencia entre el amor mortal y este amor que sentía yo? Ninguna. No
necesitas ser inmortal para sentir lo que yo estaba sintiendo, una poderosa emoción en la
que la voluntad y el sentimiento son la misma cosa.
- ¿Qué... quien eres?, preguntó
- Sé que temes a que te haga daño... pero al mismo tiempo estás aquí, impulsada por
quién sabe qué. Y quiero que sepas que moriría antes de hacerte daño.
Y miré la herida en su delicado cuello.
Nuestras manos estaban agarradas, pero las solté, con un dolor que era casi físico. La
había mordido y, por un momento, me había alimentado de ella. No podía arriesgarme a
hacerlo de nuevo. Para ella estar conmigo era peligroso, para mí estar sin ella era
mortal. Pero no podía permanecer ahí, siendo una amenaza, mientras ella estaba débil.
Empecé a marcharme, en la oscuridad.
- Volverás a verme, le dije, moviendo los labios, pero sin emitir un solo sonido, con su
sabor corriendo por todo mi cuerpo y sus manos tatuadas en mi piel...